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sábado, abril 20, 2024

Eso de la felicidad nacional

La mayoría de la gente cree que la felicidad es imposible de alcanzar -tal como pensaba Séneca- o que se trata de un asunto subjetivo, según Schopenhauer en su “Eudemonología”. Otros la relacionan con episodios transitorios de la vida, por ejemplo, ganarse el loto o viajar a Europa por unos días.

Desde hace un par de décadas se mide el nivel de felicidad alrededor del mundo, con la intención de que los gobiernos y los organismos supranacionales cuenten con parámetros confiables para comenzar a trabajar en los aspectos más deficientes del sistema social. Los resultados de las pesquisas a nivel global se plasman en un “ranking” que refleja la percepción de los habitantes en relación con la situación social y económica de sus respectivos países. En muchos de ellos, esas mediciones se toman muy en serio para ver en qué aspectos habría que mejorar. En Honduras solo sirven para las noticias de la noche.

Y como el afán de medirlo todo, de matematizar hasta las actitudes, los sociólogos de la felicidad tratan de establecer una íntima relación entre la experiencia individual y las facilidades institucionales que ofrece un sistema social. En otras palabras, la percepción subjetiva de una “experiencia feliz” no es de carácter momentáneo, sino permanente en el tiempo, y dependerá del grado de desarrollo de la sociedad y la proyección de las instituciones del Estado en las aspiraciones de los ciudadanos.

El estimado estocástico de los instrumentos de medición de la felicidad, suelen incluir los siguientes indicadores: PIB per cápita, apoyo social, esperanza de vida saludable, libertad para tomar decisiones vitales, la solidaridad y la corrupción. El sociólogo holandés Ruut Veenhoven, una de las figuras más relevantes en este tema, parte de una premisa fundamental: “La felicidad es el goce subjetivo de la vida”, pero ello solo es posible en la medida en que buena parte de la sociedad perciba que existen medios institucionales que le faciliten las aspiraciones personales. Lo que quiere decir que cualquier individuo que se esfuerce por alcanzar sus objetivos, deberá encontrar dentro del sistema social al que pertenece, el acceso hacia aquellas categorías sujetas al sondeo nacional, que pavimenten el camino hacia la concreción de sus aspiraciones más caras. Es lo que solemos llamar comúnmente como “oportunidades de vida”.

Por el contrario: cuando las oportunidades escasean, la gente suele percibir que su calidad de vida responde a la pésima calidad institucional; es decir, no atribuye su infortunio a ninguna fuerza externa ni a sus incapacidades personales, sino al propio Estado, a su sistema social. Pensemos en Haití, pero pensemos en nuestro país, también.

En Honduras, para no dejar la suerte de las personas en manos de políticos ineptos, hay que comenzar a trabajar inmediatamente en un proyecto político que promocione la felicidad nacional. Este momento histórico es crucial para que los líderes inteligentes comiencen a esbozar un camino que nos lleve a ese territorio, de cara a las próximas elecciones, y dejar de lado la aborrecible demagogia de siempre. Nada nos garantiza el éxito total, pero es mejor intentarlo que seguir apareciendo como los eternos miserables de una novela de Pérez Galdós o de Vicente Blasco Ibáñez.

Ver artículos del autor en www.latribuna.hn

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