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martes, junio 16, 2026

¿Ese prodigio?

A petición del colectivo, una reconfiguración de lo escrito el fin de semana: La madrugada se vestía de gasa celeste, un tul tan tenue que parecía deshilachado por hilanderas de niebla. Entre los pinares, Winston halló al Sisimite con la taza de café humeante entre las manos, observando a un colibrí que escribía caligrafías de vértigo en el aire quieto. —¿Sabés, Sisimite? En el colectivo ya están hartos del runrún político. Y que se amuele la solución de los problemas nacionales. Esta temporada, la afición va a arder como candela en la gradería del mundo, viendo el mundial de las pasiones, aunque su equipo no esté en la cancha. Poco importa, lo excitante es el fulgor de celebrar goles ajenos como si fueran propios. —Aunque eso no mate que estén prendidos a sus chunches dando la misma pelea estéril de siempre. Los majes asumen que el deporte nacional no es dar crédito a nada bueno, sino empañar lo propio para que los aplaudan. El Sisimite se rascó la cabeza. –Es la falta de oficio útil. Winston soltó un suspiro que quedó enredado entre las ramas: —Entonces, ¿de qué charlamos hoy? ¿Algo que sirva de ungüento a los aturdidos sentidos? El Sisimite con un dedo dibujando el contorno del horizonte lejano: — Hablemos de esa hermosura. Otro gallo cantaría si esos revoltosos que tienen al gentío en vilo aprendieran a mirar esta preciosidad de coloridos paisajes.

Un rayo de luz rompió la bruma y encendió millones de gotas colgadas de las agujas de los pinos, como linternitas que hubieran sembrado duendes traviesos de los cuentos de hadas, a la medianoche. Más abajo, un riachuelo se deslizaba entre rocas milenarias, hilvanando una melodía dulce de una serena quietud que solo se discierne pegando el oído a ras del suelo para escuchar el palpitar del corazón que late en la entraña de la tierra. Una mariposa de tonos grises, marrones y verdosos, se perdió de vista, apenas al alzar vuelo, mimetizándose entre la corteza, las ramas y las hojas de su entorno. Un venado asomó entre los helechos, pestañeó apenas y se esfumó en lo profundo, como si la timidez también fuera un enigmático poema. El viento jugó con las copas y su murmullo hizo sonar la resonancia acústica de las montañas. —¿Te diste cuenta, Winston? –preguntó el Sisimite–. La naturaleza nunca alza la voz, pero su silencio retumba. Las nubes blancas recorrían lentas, libremente, el azul etéreo de los cielos, sin apego a un tiempo definido, como el viaje de la vida sin prisa ni rumbo fijo. Un bando de golondrinas trazaba garabatos invisibles mientras el olor a resina de pino se mezclaba con el aroma fresco, dulce y terroso del pasto que sediento bebió cada gota nocturnal derramada, por portento de la precipitación atmosférica. Alla cerca, una orquídea brassavola florecía disimulada escondiendo su hermosura, un liquen pintaba en tonalidad plateada el lienzo poroso de una piedra centenaria; un musgo coloreaba de esmeralda un agrietado peñasco; un colibrí chupaba néctar en las flores tubulares, con la precisión de un relojero suizo fijando el segundero; una pequeña hormiga arrastraba una hoja gigantesca, sin esperar aplausos de reconocimiento al tamaño de sus esfuerzos.

—Y pensar que ese prodigio de la creación divina lo tiene la gente a un palmo de los ojos –exclamó Winston– pero casi nadie lo ve y si lo ve no lo digiere en esa prisa desenfrenada por agotar lo más rápido posible el poco tiempo que aún les queda de vida. Corriendo tras la felicidad –confundiéndola con frivolidad— sin notar que la van dejando caer menospreciada, botada en las cunetas del camino. El silencio los abrazó de nuevo. —Quizás el mayor infortunio de esta época espumosa de la superficialidad no sea siquiera el exceso de ese ruido empecinado en gritar más agudo que el resto de todo ese otro estruendoso ruido que aturde, sino la insensibilidad de cada uno al asombro. Desperdiciar horas enteras en discusiones inútiles, por todo, sin maravillarnos por casi nada. Mientras tanto, el bosque seguía ejerciendo su antigua sabiduría, inmune al estrépito de las modas pasajeras y al humo efímero de las controversias humanas. Los inhiestos pinos alzaban sus copas hacia el infinito sin preocuparse por los aplausos de nadie; el arroyo hilvanaba melodías sobre orillas pedregosas sin contar quién lo escuchaba; y el sol, generoso e incansable, derramaba su oro sobre montañas y senderos con la misma paciencia de siempre, incluso para aquellos que caminaban con la mirada hundida en el suelo, –adictos hipnotizados a sus pantallas digitales– incapaces de descubrir el milagro cotidiano que iluminaba sus propios pasos.

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