HAY, en la vida política y cotidiana, una propensión a eludir la responsabilidad personal o institucional y, en su lugar, atribuir los males a causas externas: gobiernos anteriores, potencias extranjeras, élites económicas, clases sociales rivales, –en política, a criterio de mentalidades atrofiadas, no adversarios sino “enemigos”– o incluso el propio “sistema”.
Este patrón –a manera de consuelo—es parte de un ethos profundamente enraizado. “La tendencia responde a una psicología defensiva colectiva que opera como escudo emocional ante el fracaso: si el “otro” tiene la culpa, el yo queda a salvo. Se evita así el duro ejercicio de la autocrítica o el reconocimiento de errores propios.”
La culpa proyectada –suple las carencias, las faltas individuales, las insuficiencias particulares, los vacíos internos y hasta la inhabilidad de dirigir–se convierte en una estrategia de autopreservación del orgullo personal o nacional. (Y explotándola suficiente, sirve como estrategia de protagonismo, de figuración, de imagen, para ganar momentáneo aplauso, y reconocimiento).
Pero al complejo hay que sacarle el jugo. Es necesario usufructuarlo. Junto a la culpa proyectada, nada cuesta echar mano de otra peculiaridad igualmente acendrada entre esos rasgos de herencia secular. La cultura de la victimización –que exalta el dolor sufrido.
(Es decir, el pathos que apela a las emociones, buscando que el público se sienta compasivo por su sufrida situación—de quien se ve —y muchas veces se presenta— como una víctima. (Ya en su conjunto, “el victimismo histórico: del colonialismo, del imperialismo, de la corrupción, de la desigualdad heredada, de las injusticias de las élites, o incluso de la globalización contemporánea.”
“Esta narrativa protege del reproche y genera simpatía. Asumirse como víctima bloquea la exigencia de responsabilidad.” Esta combinación de culpa proyectada y victimización histórica termina produciendo un tercer efecto: la resignación fatalista. “Si todo mal viene de fuera y somos víctimas perpetuas, ¿qué sentido tiene luchar contra lo inevitable?” Aparece entonces un ethos resignado que se manifiesta en frases como:
“Aquí siempre ha sido así”, “Uno solo no puede cambiar nada”. Así que ya establecidos los pretextos este escepticismo “se convierte en una forma de inmovilismo social, donde la falta de logros no se vive como fracaso personal, sino como destino impuesto por fuerzas superiores.” Pero este hábito —que a veces parece inofensivo y hasta gracioso— es una de nuestras más hondas cadenas invisibles. “Porque mientras culpamos, no nos miramos. Mientras gritamos “nos hicieron esto”, no nos preguntamos: “¿y qué hacemos nosotros?”. Mientras nos sentimos víctimas, ¿no hay nada que por nosotros mismos no podamos hacer para cambiar la orientación?”
“La víctima encuentra consuelo. El culpable halla excusa. Pero solo quien se reconoce partícipe, puede cambiar el rumbo. Se confunde la paciencia con la derrota y la humildad con la sumisión. (Si bien –tercia el Sisimite—esto es una especie de semblante endémico, no todo es así. En las más íntimas entrañas nacionales, como corazón que late entre ese ethos de culpa ajena y lamento heredado, hay una fuerza que se rebela.
La de los hombres y mujeres que lejos de esperar resignados que la redención caiga del cielo, se arremangan y la construyen. –Que no lloran lo perdido, –agrega Winston– sino que siembran lo posible. Que no usan la historia como excusa, sino como impulso.
Y cuando llegue ese día, que dejemos de culpar al otro por todo, como constructores de nuestro propio futuro, dejaremos de ser “víctimas de la historia” para empezar a ser autores de ella. “El hombre que se acusa a sí mismo –citando Antoine de Saint-Exupéry en El Principito– enmienda su corazón; el que acusa al otro, le entrega el poder sobre su destino.”)


