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miércoles, junio 3, 2026

¿Escalera?

BREGAR antes en política no era como andar en picnic o de paseo. A cada candidato a diputado asignaron la responsabilidad de visitar y trabajar ciertos municipios. Durante las horas del día, unos cinco días de la semana, pasábamos metidos en el local de Comayagüela abierto a los correligionarios.

Por alguna razón, solo una encargada y una secretaria, atendía las funciones en las descuidadas instalaciones del Consejo Central Ejecutivo. Si alguien llegaba en procura de asistencia, o de ayuda económica, lo enviaban a la oficina donde se censaba o a las improvisadas casas de los consejos locales.

Los fines de semana salíamos de gira a los municipios encomendados. Íbamos en un busito destartalado del periódico. Suficiente espacio para acomodar a los hermanos Mejía que, con su pegajosa música, “La historia de los liberales”, despertaba viejas emociones en los convivios proselitistas.

Tres jóvenes liberales y unas dos activistas que, con el tiempo se convirtieron en inseparables compañeros y compañeras de lucha, salían de madrugada, en la avanzada, a preparar las reuniones. Sin embargo, al inicio la tierra era árida, el ambiente no era fértil; como si fuese solo cosa de soplar y hacer botellas.

No era gentío esperando la visita de Tegucigalpa, ni colas dispuestas a experimentar si habría o no elecciones. Diez y seis azarosos años de gobiernos militares habían sentado autoridad y su férreo andamiaje en municipios y aldeas de la geografía nacional.

La actividad rural se movía, como abejas danzando en derredor de un panal, bajo la influencia de los jefes de zona, de los jueces y alcaldes puestos de dedo por los uniformados. Llegábamos a sondear, a las casas de la vecindad, buscando un potencial líder que, por referencia, en memoria de los distantes años de gloria del partido, todavía profesara ideas liberales.

Era cosa de convencimiento programar una reunión más amplia, con otros amigos anuentes al desafío. Así, de poquito en poquito, fueron haciéndose grupitos a los que se les confiaba la dirección del movimiento.

El trabajo político demandaba de todo. Encaramarse a los postes a colgar afiches, rebuscarse con qué financiar reuniones más concurridas, sufragar gasto de una corriente en la lipidia. La esperanza era llegar a merecer el alto honor de ser convencional por algún municipio.

Ocurría que entonces, la aspiración a cualquier cargo de elección popular –ni hablar de las honrosas secretarías del CCEPL– descansaba en el ascenso gradual por cada uno de los peldaños de una escalera. Ser miembro o dirigente de un consejo local, departamental y convencional designado en asamblea del municipio, para pretender algo más alto.

Al fin de cuentas, las planillas de la corriente política en la que estábamos matriculados debían disputarse, en elecciones internas y primarias, con las de otros movimientos internos del partido. (Pues bien, ya vimos parte de las estaciones del viacrucis que significó alcanzar una diputación en la Asamblea Nacional Constituyente).

Uno de tantos días recibimos invitación a un foro que se organizaba en el paraninfo de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Para aquellos días, la incursión de constituyentes en los predios universitarios era aventurada.

Dirigencias estudiantiles, y muchos catedráticos, le tenían tirria al proceso eleccionario que transcurría. Lejos de propugnar por una salida democrática y pacífica a esos largos períodos militares –como se trataba de un triunfo de los partidos políticos tradicionales– era la abstención lo que se ventilaba en el campus y en las aulas. Llegamos al foro –junto con otro compañero diputado– a escuchar la ponencia del catedrático universitario, “exministro en la etapa militar” quien, con sarcástica elocuencia, se burlaba del proceso constituyente en marcha y llamaba al auditorio a no participar en esas “farsas de elección”.

Subimos al estrado a refutarlo. Su respuesta fue igualmente cáustica: ¿Qué iba a saber un ingeniero industrial de eso que se debatía en este foro o de las leyes que se discutían en el Congreso, si para ello se ocupaba ser como él, graduado de licenciado en derecho? Subimos otra vez al pódium solicitando al moderador, por alusión personal, el derecho a la defensa: Nos dirigimos al auditorio repleto de estudiantes.

“Asumíamos, –les dijimos– que la concurrencia en este foro sería de estudiantes universitarios de distintas disciplinas. ¿No es así? En ese momento, solicitamos que levantasen la mano ¿quiénes de los presentes, aparte del catedrático que nos antecedió en el uso de la palabra, tenían su título de abogado? Ninguno levantó la mano.

Bueno –proseguimos– parecería una falta de respeto, un insulto inaceptable, que en su cara vengan a decirles que ninguno de ustedes es apto –todos son ignorantes– para entender nada de lo que se discute aquí el día de hoy.

(Los estrados tronaron en sonoro aplauso de aprobación). Además –finalizamos– está mal informado el abogado, la Asamblea Constituyente es la representación de la voluntad del pueblo hondureño, virtud de una elección multitudinaria, no es el colegio de abogados.

(Si siguen recordando babosadas –entra el Sisimite– van a revelar páginas del segundo tomo de “Los Idus de Marzo”. No que, dado el analfabetismo político de ahora, la sensible pérdida del buen hábito de la lectura, haya tantos que vayan a leer ese otro libro, así como no leyeron el primero. Hoy ese montón de iletrados, adictos a esos chunches digitales cambiaron la cultura y el cultivo del intelecto, por un insaciable apetito al basural y frívolo placer de divertimiento. Para la posteridad, entonces. Siempre es bueno que queden testimonios escritos. Si no se escribe lo propio, se corre el riesgo que otros escriban la historia por uno, inventando pedazos, acorde a su sinuosa manera de torcer la verdad. Ah, y no se olviden, de ser generosos, agradecidos y tolerantes con aquellos que encuentren cuando vayan subiendo la escalera, ya que son los mismos con que se van a topar, cuando la vayan bajando).

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