Por Emy James

En tiempos pasados el gobierno británico acostumbraba a mandar expediciones con distintos expertos en distintas áreas, a lugares lejanos y desconocidos para hacer estudios sobre ellos y precisamente para descubrir que había más allá de sus fronteras y bueno, esos viajes supusieron un parteaguas en muchos sentidos para la humanidad.
A uno de ellos, por allá en el siglo XIX, se sumó un joven naturalista que tenía la tarea de recoger todo tipo de datos en cuanto a plantas, animales y su hábitat se refería. Su nombre era Charles Darwin.
Este hombre que ha pasado a la historia por teoría de la evolución pensó en un principio, estudiar medicina, pero al segundo curso se dio cuenta que eso no era lo suyo. Tenía dieciséis años entonces. Luego se decidió por la teología, pero tampoco terminó aquello.
Entendió que lo que le apasionaba era la naturaleza y los seres que la componen. Durante cinco años y mientras se encontraba en la expedición mencionada, tomó cientos y cientos de notas de todos los lugares a los que llegó y de toda criatura tanto conocida como desconocida que se encontró.
El recuento de esas notas y de las otras que llevó por poco más de veinte años, terminó siendo un libro en el que explicaba de manera minuciosa todo lo que lo llevó a la conclusión de que el hombre desciende de un antepasado primate en común, que la naturaleza en su sabiduría ha “empujado” mutaciones que permitieran que se adaptara al lugar donde había nacido y que por lo tanto sobreviviera y pasara sus genes a sus descendientes.
El libro es (muy recomendado desde luego) El Origen de las Especies, publicado en 1859. Aquí entendemos cómo es que a través del tiempo no es el más fuerte el que sobrevive sino el que mejor se adapta. La teoría de la evolución como causa de la selección natural.
En este escrito encontramos muchos datos como el de las tortugas y el de las jirafas, por ejemplo; Darwin encontró que, en lugares inhóspitos con muy poca vegetación y fauna, las tortugas tenían un cuello largo y un caparazón pequeño.
Ese cuello les permitía alcanzar su comida. En cambio, las tortugas que encontró en ambientes llenos de arbustos y repletos de animales, tenían el cuello corto y el caparazón grande en forma de domo que les permitía resguardarse de los depredadores.
Ambas descendían de un pariente en común pero sus genes habían hecho mutación para adaptarse y sobrevivir al ambiente que las rodea. Algo parecido sucedía con las jirafas, el eminente científico descubrió que en el pasado éstas habían tenido un cuello corto pero una era de escasez de alimento arrasó con ellas, no sobrevivieron, solo lo hicieron las que tenían el cuello un poco más largo y que por lo tanto podían alcanzar las hojas de los árboles más altos, a su vez estas jirafas fueron trasmitiendo sus genes a su descendencia la cual poco a poco nacía con el cuello más largo que le permitía adaptarse a su ambiente, sobrevivir y reproducirse… selección natural.
No solo la ciencia tiene a la teoría de la evolución de Darwin como cierta (y la única aceptada, por cierto), también la iglesia se ha pronunciado en su momento con Pio XII, por ejemplo, quien en 1950 declarara que no hay conflicto entre la teoría de la evolución y la de la creación.
Pero también Juan Pablo II en 1996 dijo que la teoría de la evolución es mucho más que una hipótesis y que no está necesariamente “peleada” con la teoría de la creación. Y solo para no perder la costumbre, traigamos esto a la vida del homo sapiens moderno; sobrevive y trasciende únicamente aquél que ha logrado descubrir y utilizar las herramientas que se necesitan para transitar por este mundo cada vez más loco, y no perderse en el camino.



