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viernes, abril 12, 2024

El progreso es para pocos

Después de más de doscientos años de vida independiente, es normal que nos preguntemos por qué seguimos siendo tan pobres y atrasados, o por qué nos mantenemos en las peores posiciones de los “ranking” mundiales de la economía y de las políticas de Estado. ¿Por qué no logramos salir del atolladero?

Para las clases medias urbanas, siempre y cuando tengamos empleo y consumamos bienes y servicios primermundistas, las respuestas a esas preguntas carecen de sentido. Para los ricos, solo forman parte de un discurso de sobremesa y de cafetín. Para los medios de comunicación de masas, una veta de foros y reportajes que engalanan los “rating” de los horarios más atendidos por la audiencia. Para los académicos, una fontana eterna de ensayos que no encuentran armonía con la realidad.

Los académicos de izquierdas en los 60 le echaban las culpas de nuestras desgracias al “imperialismo yanqui”, como decían ellos; otros a la geografía selvática, al calor tropical, a la idiosincrasia rumbera, en fin: tantas leyendas urbanas salidas de los delirios de profetas que llenaron las estanterías de las bibliotecas de todo el mundo. Para los economistas liberales, las causas se localizan en un acentuado estatismo, en el gasto excesivo y despilfarrador que, en nombre de los desposeídos, los políticos pueden justificar sus andanzas non sancta. Esta visión es más coherente con la realidad, pero le falta la sazón fundamental a la receta; el ingrediente más importante, el toque que explica por qué los políticos se desinteresaron de la única razón de su existencia en calidad de “representantes del pueblo”: la promoción del bienestar; la inversión social y el impulso al desarrollo social y económico.

La razón estriba en el presupuesto y en las “bendiciones” dinerarias que de él se derivan. Es ese el testimonio vital que “obliga” a abogados, médicos, ingenieros, futbolistas, payasos y deschambados con títulos universitarios, a “sacrificarse” en nombre del pueblo. También es la razón primordial para que los clasemedieros desesperados y los infelices que miran pasar el progreso sin rozarles un pelo siquiera puedan convertirse, de la noche a la mañana, en flamantes millonarios dignos de Forbes.

Ese ensueño tercermundista de la utopía hecha realidad, no es destino de plebe, sino una convocatoria celestial de aristócratas; una predestinación que no admite impugnaciones por cuestiones de pundonor o de humildad.

El poder político tiene una forma geométrica, según Gabriel Zaid: la pirámide. La cúspide es para los privilegiados y su base más ancha para los regateadores del presupuesto. Todos buscan arrancar el pedazo más grande del pastel. Los de arriba no necesitan regatear: los salarios son estupendos y los beneficios bajo la mesa, aún mejores. Los mandos medios luchan por ciertos “espacios de poder”, incluso zancadilleándose entre ellos; los de abajo tienen que presionar, a veces hasta por largos meses -piensen en las huelgas de disconformes-.

Para los no “piramidados” -o sea, el resto de la sociedad-, la suerte es otra; tendrán que conformarse con luchar por sus vidas a como dé lugar; según la suerte y las circunstancias de cada uno. Siempre tendrán sus esperanzas puestas en el reciclaje político: una suerte de charada que, al final de cuentas, quién sabe, puede acabar con sus días de miseria; una chamba, o lo que sea. O quizás lograr colarse en la pirámide del bienestar.

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