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jueves, mayo 30, 2024

Antisemitismo y libertad de expresión

Las protestas estudiantiles que se suscitan en los campus de algunas universidades norteamericanas han puesto en la picota un peligroso tema político que en modo alguno es novedoso, a saber: el derecho a la libertad de expresión y el deslinde de esos derechos cuando se promueve la violencia y la discriminación.

La cosa no pinta nada bien, a tal grado que la Casa Blanca ha lanzado la “Primera Estrategia Nacional contra el Antisemitismo”, para reprimir -en el buen sentido del respeto a las leyes- cualquier amenaza que ponga en peligro el equilibrio del sistema y, de paso, proteger las vidas de los estudiantes de origen judío.

Desde luego que no se trata de aquellas luchas reivindicativas por los derechos de los afroamericanos en los 60 que les asistían con justísima e indiscutible razón, sino de una peligrosa estrategia que, según The JerusalemPost, proviene del financiamiento de grupos radicales islámicos, principalmente de Qatar, de los “Donantes de estudios sobre el Islam” y del “Movimiento de Hermanos Musulmanes” que trata de penetrar el sistema educativo norteamericano.

El problema, sin embargo, puede ir más allá de una simple demanda por los derechos a una nación, Palestina, y una crítica acérrima contra la campaña de Israel en Gaza. Siempre, detrás de cada programa de exigencias y denuncias se parapetan fuerzas -no siempre visibles- que financian, apoyan con logística o se solidarizan ideológicamente con las causas. Así pasó en Chile, en Colombia, y sucederá en cada país donde haya un motivo de alzamiento que busca concretar propósitos políticos. Quien se adhiere por romanticismo e ideales, no hace más que pecar de incauto, tal como, creo yo, sucede en las universidades norteamericanas. Eso no significa que las voces pro-Palestina deban ahogarse y fundirse en el vacío, al contrario, vivimos en un mundo de pluralidad compartida donde todos caben y nadie sobra, como reza un eslogan de la Universidad de Chile.

Además, no hay que ser inocente: quienes se adhieren a las pugnas antisistema no hacen más que seguir un libreto escrito en las altas esferas de la izquierda liberal, típica de los campus universitarios, al que se suman los movimientos que defienden la llamada “corrección política” y otros grupos organizados que buscan espacios de poder. Los más incautos ignoran que, al otro lado del cerco de las luchas civiles, existen sociedades, como Irán, que niegan los derechos más fundamentales de las mujeres y coartan la libertad a la libre expresión de los luchadores de los derechos humanos. En otras palabras, los estudiantes van por un lado (los derechos), y los propiciadores de las protestas van por el otro (la destrucción, en este caso, del Estado israelí).

Lo peor de todo es que las masas, sobre todo los más jóvenes, cuando siguen causas de esta naturaleza -sucedió con la guerra de Vietnam- sin aplicar un tanto el razonamiento, pueden abrir las peligrosas compuertas que van a dar directamente a la discriminación, los pogromos y la violencia desenfrenada. Cuando visité los campos de exterminio en Europa Oriental, adquirí consciencia de la peligrosidad de los lenguajes y consignas que preceden al terror y a la muerte.

Y lo que debemos evitar con las protestas estudiantiles es que se genere un amenazante y creciente antisemitismo, aprovechando lo que sucede en Gaza.

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