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miércoles, mayo 22, 2024

El poder y las nubes

Por Otto Martin Wolf

Este mensaje va dirigido especialmente a todos tiranos, aprendices de tiranos y soñadores con tiranías.

También -y con dedicatoria personal- a todos aquellos que se encuentran en la cima del mundo y creen que la voluntad y vida de la gente les pertenece.

Desde luego, incluyo a quienes han logrado amasar enormes fortunas que les hacen creer que están por encima de las leyes.

Y, además, a todos los imbéciles que se creen los reyes de la Creación.

Si usted no se encuentra entre los grupos mencionados, puede seguir leyendo con toda tranquilidad, este artículo no le afecta en lo absoluto.

Y, si pertenece a alguno de ellos, léalo también, creo que le conviene.

Para entrar en materia, tengo que irme muy atrás en el pasado.

¿El descubrimiento de América? No, mucho más atrás. Más aún que cuando los chinos inventaron la pasta y el arroz chino. Vamos a la época en que se construyeron las pirámides, más o menos hace 4,500 años, segundos más, segundos menos. Las pirámides fueron diseñadas como tumbas de grandes faraones para su viaje a la eternidad.

Sabemos sus nombres, conocemos algo de lo que hicieron y la clase de vida que tuvieron. Pero, ¿alguno de ellos disfruta en la actualidad de la fama que les han dado sus monumentos? ¡Noup! Hace tiempo se convirtieron en momias, restos de huesos cubiertos en parte con piel acartonada, curiosidades de museo, exhibiciones por las que se pagan unos cuantos dólares cuando uno desea ver despojos. ¿Dónde quedó el esplendor, la fama, las riquezas y el poder?

Todo acabó en el instante en que terminó su vida, la muerte -ese gran igualador de hombres- llegó irremediablemente, llevándose toda sensación de grandeza que pudieron haber disfrutado.

Me fui tan largo en el pasado para poder mencionar la gente que ha tenido las tumbas más duraderas de la historia y que son solo el recuerdo de lo que fueron y la lección histórica que su travesía por el mundo nos deja. Lo hemos visto por todas partes, en todas las civilizaciones, en nuestro propio tiempo de vida y lo podemos contemplar aquí, hoy. ¿Dónde está el poder de quienes ya murieron? ¿De qué les sirvió haber luchado tanto por obtenerlo y conservarlo?

Las vidas que posiblemente arruinaron, los enemigos que destruyeron y todos los sacrificios propios y ajenos que les condujeron a la cima. ¿Dónde está y de qué les vale todo eso ahora? Ni siquiera para ser admirados en un museo.

No existen, solo el recuerdo, que rápidamente desaparece mientras otros ambiciosos se encuentran en su lucha personal por llegar. ¿De qué le sirven en la actualidad sus 60 años en el poder a Fidel Castro?

Sus estatuas esperan únicamente un cambio político para desaparecer, como ocurrió con las de Lenin, Stalin, Mao y otros dictadores de la misma tendencia.

Cuarenta y dos años en el poder de Libia no le sirven de nada a Muammar el-Gaddafi, desguazado por una multitud desengañada que le aborreció al punto de hacerles tomar venganza con sus propias manos en una polvorienta calle en cualquier barrio de Libia.

¿Valió la pena personalmente a Gadafi todo el poder y riquezas de las cuales disfrutó? ¿De qué le sirven ahora?

Ningún aprendiz de dictador se detiene un momento a estudiar la historia de quienes le antecedieron en el mundo, todos piensan que durarán por siempre y, enamorados del poder, destruyen vidas, familias y naciones. Son muy pocos los que, encontrándose en la cumbre, comprenden que sus tiempos son limitados y que -tarde o temprano- todo terminará. ¿Qué queda después? Una tumba -grande o pequeña- y el recuerdo de lo bueno, lo malo y lo feo que dejó su vida.

Nelson Mandela sufrió cárcel injusta durante 27 años. Cuando salió de prisión llegó a la Presidencia del país que le había condenado. Entre muchas de sus cosas notables de su mandato fue que jamás buscó la venganza y que, también, rehusó quedarse para siempre, cosa que hubiera logrado fácilmente.

Buscó la unificación de su país entre los antiguos amos y sus antiguos esclavos, comprendiendo que el mejor legado sería la paz y el progreso de su nación, no un enorme mausoleo. ¿Qué más grande monumento que la paz de su país?

Las grandes alturas, el poder y la fama no nublaron su mente, como ocurre casi siempre con hombres mediocres que, siendo muy inferiores moralmente, suben a sangre y fuego por un instante en la historia. Lo vimos en el pasado y lo vemos ahora. Tarde o temprano les llega la gran igualadora de hombres, nunca lo olviden.

¿Por qué las nubes en el título?

Porque la gloria presente es tan pasajera como las nubes, que vuelan más alto que cualquiera.

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