Por: Héctor A. Martínez.

Tras la humillante derrota electoral, donde apenas alcanzó el 19 por ciento, el izquierdista Partido Libertad y Refundación (PLR) evalúa sus posibilidades de cara al futuro. Sus dirigentes lucen como esos boxeadores que se desploman después de recibir un K.O. fulminante: desorientados y sin respuesta inmediata. Desde luego que es bastante probable que ya estén pensando en una opción más pasadera que Rixi Moncada; en hacer un balance técnico-táctico y establecer los objetivos estratégicos para los próximos meses. No sabemos.
En principio, los ideólogos del PLR cometieron varios errores que ningún movimiento político debería repetir en el futuro. Primero: Lejos de convocar a la reconciliación nacional y siguiendo la lógica de la polarización política, el Gobierno optó por un discurso confrontativo que sus funcionarios utilizaban para atacar moralmente a miembros de la oposición y empresarios. Después de doce años de administraciones nacionalistas, caracterizados por la corrupción y señalamientos de narcotráfico, los hondureños apostaron por una era de paz y de reconstrucción institucional. Pero nada de eso llegó.
En el PLR no tomaron en cuenta que la cultura política que rige en las capitales es diferente a la del resto del país. Fuera de la capital, la gente ve con desprecio la política y toda la maquinaria burocrática que vive a expensas del dinero de empresarios y trabajadores. De igual forma, el desmesurado nepotismo debe haberle restado puntos y votos al partido. No olvidemos que esa vieja práctica dinástica de crear redes familiares en el aparato estatal y de privilegiar la lealtad sobre la competencia enciende la ira de los profesionales de clase media, favorece la impunidad y debilita el principio del mérito.
En lugar de combatir la corrupción, el PLR terminó reproduciendo las mismas prácticas del pasado. La promesa de la moralización quedó en nada, y la gente pronto se dio cuenta de que el Gobierno había convertido el poder en un fin en sí mismo y no en un medio para impulsar el desarrollo económico. El escándalo del despilfarro en SEDESOL se percibió como un desprecio a la confianza de los votantes que llevaron a ese partido a Casa Presidencial en el 2021.
La incoherencia moral e ideológica del proyecto político del PLR nos lleva a preguntarnos si el partido volverá algún día al poder. Eso difícilmente ocurrirá mientras el partido conserve una estructura piramidal donde las ideas fluyen únicamente de arriba hacia abajo y el disenso resulta imposible. La excesiva centralización de las decisiones políticas hace de Manuel Zelaya una especie de regente tribal vitalicio. No es casual que Thomas Piketty haya descrito a buena parte de la izquierda intelectual de hoy como una izquierda brahmánica, en alusión a las castas rígidas e inamovibles de la India.
Lo más sensato para los militantes menos “quemados” con los errores del pasado sería hacer a un lado la “nomenklatura” del partido y promover una renovación de sus cuadros y de su doctrina. También deberían abandonar el discurso pendenciero que no tiene cabida entre los ciudadanos. Solo entonces podrían levantarse de la lona y volver al cuadrilátero político para el 2030.



