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miércoles, junio 3, 2026

¿Broma celestial?

CON su característica sonrisa socrática el Sisimite anticipa el rumiar del chuchito: -¿Qué traés hoy con esos tus ojitos pispiretos, como si alguna picardía cocés en la cabeza? -Winston le hace un ademán con la patita invitándolo a que se sienten: Hace días quería auscultar tu criterio, más por el montón de tus años cumplidos, sobre algo que, sin duda, vos entendés mejor que ningún otro. ¿Alguna vez le has dado pensamiento a ese paradójico sentido de humor celestial? -Pero ¿de qué estás hablando? -Hablo de cuando, con el paso lento pero inexorable del tiempo, se llega a esa estación serena, reflexiva y profunda en la que, la persona –o un mitológico ser, como en tu caso– ya entiende las delicadas tramas del mundo. Cuando, después de los muchos años por el accidentado trayecto, se almacena en el haber la prudente sabiduría que enseñan los golpes recibidos en el camino. Me refiero a ese tramo final, después que se tropieza, se cae, se yerra con pasión y se aprende con heridas; se conocen las tintas oscuras del dolor, las anotaciones felices de la dicha, amontonadas en la caligrafía compleja de la experiencia.

Cuando la infinidad de libros leídos, la multitud de amistades conocidas, los muchos lugares visitados, la inmensidad de conversaciones compartidas, el cúmulo de afectos cultivados, las incontables pérdidas lloradas y las abundantes alegrías celebradas van depositándose como un sedimento precioso en el fondo del alma. Cuando por fin se posee ese tesoro invisible –la experiencia acumulada, la sabiduría templada por los errores y los aciertos, la paciencia que nace de haber visto tantas cosas pasar– cuando se conoce ya la compleja geografía del corazón humano (o del instinto animal), sus virtudes luminosas y sus defectos sombríos; cuando uno ha aprendido a distinguir lo esencial de lo trivial y lo verdadero de lo aparente, y de repente, sin percatarnos del todo cómo y cuándo fue que se fueron todos aquellos momentos de gozo efímero, de ingratitudes pasajeras, en un decir Jesús, como si fuese cosa inesperada, nos asomamos al sombrío callejón sin salida de la vejez. Al espectro de una indeseada realidad que aparece de golpe, como crepúsculo lento o apresurado, melancólico, sigiloso, silencioso que comienza a cerrar lentamente el gran libro de la vida. -¿Qué es lo que te inquieta? –solloza el Sisimite– Sencillamente -agita las patitas Winston:- ¿Por qué la vida está organizada de esta manera tan extraña, tan irónica, tan paradójica? ¿Que justo cuando se ha acumulado la mayor riqueza interior –cuando se posee la sabiduría, la memoria, la comprensión profunda de la alegría y del sufrimiento– el tiempo empieza a retirarse como una marea inevitable, llevándose consigo los meses, las semanas, o quizá, los pocos días que aún quedan? Y todo lo ganado, toda esa riqueza intangible y perfecta, se desvanece en el efímero y último suspiro. ¿No sería más justo, más divino, más cuerdo, que el ciclo fuera a la inversa? -¿No te parece, a primera vista, esa paradoja, –se rasca la cabeza Winston– una broma cósmica: una especie de travesura divina? ¿Que cuando se llega alcanzar la cima, cuando todo lo logrado más podría ser aportación de beneficio colectivo, se extingue lo ganado a completa inutilidad?

-Estás insinuando –lo queda viendo fijamente el Sisimite–: ¿Que deberíamos comenzar siendo ancianos sabios, cargados de experiencia, prudentes y serenos y, poco a poco, ir soltando las cargas, desaprendiendo los dolores, olvidando los agravios, aligerando el espíritu… hasta terminar en la luminosa inocencia de la niñez? Te ofrezco una intuición más profunda, el sentido del ciclo no está en conservar la sabiduría para uno mismo, sino en transmitirla. La vida no es un recipiente que se llena para que su dueño lo guarde, sino una antorcha que se enciende para –a lo largo del andar– tener luz para pasar a otros.

La experiencia de lo vivido no está, como cofre de acumulado tesoro que guarda la persona, destinada a prolongar su propio tiempo, sino a iluminar el camino de quienes apenas comienzan el suyo. Y así, en ese misterioso orden del universo, cada generación recibe una herencia invisible hecha de relatos, advertencias, ejemplos, afectos, errores y aprendizajes. Quizá por eso la vida no corre hacia atrás. Porque la sabiduría no está hecha para regresarnos a la infancia, sino para entregarle al mundo un poco más de claridad antes de partir. Siempre habrá quien escriba libros, y quien los lea. Quien cuente la historia y quien la escuche. Y tal vez, en el fondo, esa no es una broma divina, sino un acto de honda, silenciosa y hermosa confianza en la continuidad de la humanidad.

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