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sábado, julio 18, 2026

El país después de las elecciones

Por Rodolfo Dumas Castillo

abogado Rodolfo Dumas Castillo
abogado Rodolfo Dumas Castillo

Honduras está ingresando a un nuevo ciclo político. No importa cuál sea el resultado final, ya las urnas cerraron, pero el país sigue abierto, con los mismos desafíos que nos acompañaban antes del domingo.

La polarización de los últimos meses, alentada por la incertidumbre, la economía frágil y las tensiones institucionales, no desaparecerá por decreto. Y precisamente por eso el día después exige algo más que celebraciones o lamentos, exige responsabilidad.

El país enfrenta una tarea que trasciende al ganador de las elecciones, pues exige reconstruir confianza en las instituciones, en las reglas y en la capacidad del Estado para tomar decisiones oportunas, sobre todo porque los últimos años han deteriorado la percepción de estabilidad y previsibilidad.

Para revertirlo, hace falta un compromiso explícito con la técnica, la transparencia y la gestión seria de los asuntos públicos. Esa reconstrucción pasa por decisiones puntuales e impostergables.

El sector productivo ha alertado sobre temas que no admiten más dilaciones. Probablemente uno de los más urgentes sea la necesidad de resolver los aranceles impuestos por Estados Unidos que afectan todas nuestras exportaciones a ese país. No se trata solamente de sectores industriales como la manufactura o los arneses, sino que de cientos de empresas cuyas ventas han disminuido notablemente desde que se decretaron esos aranceles.

Pero hay otros temas que también son urgentes, como extender la vigencia del Régimen de Importación Temporal, que sostiene la competitividad de cientos de empresas, especialmente en el sector de alimentos; la importancia de retomar una ley de empleo parcial que formalice a miles de trabajadores, facilite nuevas contrataciones y permita a empresas ajustarse a la realidad económica actual; y una agresiva simplificación administrativa para crear un ecosistema idóneo para los negocios, la satisfacción ciudadana y el combate a la corrupción.

También se deben resolver cientos de expedientes correspondientes a licencias ambientales que impiden la ejecución de inversiones superiores a cinco mil millones de dólares. Honduras no se puede dar el lujo de seguir con ese tipo de conductas cuando existe un clamor por más empleos y mayor generación de riqueza.

Por supuesto, existen muchos otros asuntos y cada uno deberá atenderse con la misma diligencia. No se trata de debates ideológicos ni concesiones sectoriales, son condiciones mínimas para que la economía respire y el país no siga perdiendo terreno frente a la región.

A ello se suman los desafíos persistentes de la crisis energética que limita inversiones, la necesidad de reglas más estables para atraer capital y la modernización del Estado para hacerlo menos lento, menos incierto y contradictorio en su aplicación de la ley.

Estos son temas estructurales que no pertenecen a ningún partido, sino al futuro del país. Pero además de estos retos, hay otro elemento que puede marcar la diferencia en este nuevo ciclo y es la capacidad del país para construir una visión compartida.

Honduras lleva demasiado tiempo atrapada en debates de corto plazo, improvisaciones y giros bruscos en políticas públicas que, lejos de generar dinamismo, han erosionado la confianza interna y externa.

Un país que cambia de rumbo cada cuatro años no puede aspirar a atraer inversiones sostenibles ni a impulsar transformaciones profundas. La estabilidad no se decreta, se construye con decisiones coherentes, con reglas claras y con una institucionalidad que permanezca más allá de los ciclos electorales. El reto, por tanto, no es solo económico, sino cultural.

Implica recuperar la capacidad de disentir sin destruir, volver a creer en la conversación democrática y asumir que ningún sector tiene el monopolio de las soluciones. El mundo avanza a una velocidad que no espera, la competencia por inversión es feroz, la transición energética es irreversible, y los estándares internacionales en materia de transparencia, cumplimiento regulatorio, comercio y sostenibilidad se vuelven cada vez más exigentes.

El país no puede permitir que la política se convierta en un freno; debe ser un acelerador. Las elecciones, por más tensas o polarizadas que hayan sido, ofrecen una oportunidad de reinicio que no debemos desaprovechar.

Si logramos que este nuevo capítulo esté marcado por la responsabilidad, la apertura al diálogo y la voluntad de tomar decisiones difíciles, Honduras puede recuperar una narrativa distinta, dejando atrás el pesimismo y recuperando la convicción de que crecer, competir y prosperar siguen siendo posibles.

Hoy, más que nunca, debemos recordar que las elecciones eligen gobiernos, pero el desarrollo lo construimos entre todos. Si el país quiere avanzar, la primera señal debe venir del compromiso concreto de atender sin demoras los temas que marcan la diferencia entre el estancamiento y la oportunidad.

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