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miércoles, junio 3, 2026

¿El oro del mañana?

MIRÁ Sisimite, aquí te traigo estas letras emborronadas en forma desordenada, — a propósito de los Therian— se me ocurre, a manera de la vieja costumbre epistolar, que he pensado mandar, a padres y maestros, a ver con tu experiencia de siglos, si me la podés revisar. Les escribe un chucho, no uno cualquiera –el mismo de las conversaciones de cierre del editorial con el Sisimite– quien ha aprendido a observarlos en silencio mientras ustedes creen que nadie los mira. Los he visto cuando llegan cansados algunos de trabajar otros de holgazanear. Los he visto –como si la vida fuera competencia de urgencias pegados a su móvil durante todo el día, intercambiando changoneta con sus contactos; con una sed de distracción inagotable; contagiados de ansiedad, transmitiendo y recibiendo payasadas, en mensajes de vida o muerte, con pésima ortografía, plagados de pichingos– cuando llegan a sus casas a seguir revisando sus teléfonos mientras el niño intenta contarles la íntima historia personal de su día. Los he visto a muchos cuando a regañadientes cumplen con sus habituales faenas de instrucción, o corrigiendo tareas con el ceño fruncido, más pendientes de sus chunches digitales que de los papeles, o de impartir conocimiento, sin levantar la mirada para buscar el alma del alumno.

Aclaro que no escribo para acusar. Los chuchos no juzgamos así. Olfateamos… y luego intentamos comprender. Queridos padres: Ustedes no necesitan ser perfectos. Sus retoños no buscan padres impecables. Buscan a padres presentes. Cuando un hijo les habla y ustedes responden sin apartar la vista de la pantalla, algo pequeño se rompe. No hace ruido, pero se fractura. Un niño no necesita prédica interminable sobre valores. Necesita verlos practicados. Lo intangible que modela la conducta es el ejemplo. Aprende más del tono con que ustedes se tratan que de cualquier monserga. Aprende más del modo en que enfrentan la frustración que de cualquier sermón. Aprende más de cómo admiten errores y piden perdón que de cómo castigan. Si el hogar se convierte en un lugar donde cada quien habita su propia pantalla, no se sorprendan si el hijo busca identidad en otra parte. La pertenencia no se descarga, se cultiva. Si quieren que sus hijos no huyan hacia refugios simbólicos, háganles sentir que el hogar no es un hotel con wifi, sino un ambiente amoroso de correspondencia familiar, y la cena que comparten juntos, se sirve en mesa de reposada tranquilidad donde se conversa.

Queridos profesores: Nadie les está pidiendo que sean repetición, ni en figura ni en solemnidad, del maestro respetado de antes. Si aquello es parte de la memoria histórica del país, lo que hoy necesitan recordar es que enseña más la actitud que el contenido. Un alumno olvida fechas, olvida fórmulas, olvida definiciones. Pero no olvida al profesor que lo humilló, al que poco le importó si algo o nada aprendía de las lecciones que impartía, al que lo trató como un número; como al maestro que lo escuchaba, lo entendía, lo formaba, que creyó en él. Si el aula se convierte en mero trámite, la educación pierde su espíritu. Y cuando la educación pierde el alma que la inspira, los jóvenes buscan pertenecer a otra tribu. Los niños no buscan ser animales porque desprecien la humanidad. Buscan lealtad, claridad, pertenencia, autenticidad. Virtudes que esperan ver en ustedes. Si no la encuentran se la imaginan en símbolos: Reflexionen sin soberbia: ¿Estoy presente? ¿Escucho de verdad? ¿Soy ejemplo o solo advertencia? (A padres y maestros por igual. Yo, Winston, soy apenas un Yorkie. No tengo títulos, no tengo cargo, no tengo diplomas enmarcados colgando de las paredes. Pero sé algo que ustedes también saben, aunque a veces lo olviden: Un cachorro que se siente amado no necesita escapar. Un alumno que se siente visto no necesita disfrazarse para existir ni pertenecer. La identidad florece donde hay mirada genuina. No teman a los símbolos juveniles. Teman, más bien, al silencio en sus propios hogares y en las aulas. La pantalla puede entretener. La tribu digital puede seducir. Pero nada sustituye la conversación cara a cara, la risa compartida, el límite firme pero afectuoso, el ejemplo cotidiano. Bendiciones caninas, –y para poder insertar esta carta en el próximo AURUM– con la esperanza de que aún hay lucidez en sus mentes para entender que la fragua de hoy que tienen en sus manos es el oro del mañana).

 

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