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miércoles, junio 3, 2026

El enemigo silencioso

LAS cifras hablan con crudeza: pese a las campañas preventivas, la pólvora volvió a teñir de tragedia las fiestas de Navidad. Y, como siempre, los principales afectados son los menores de edad que ingresaron a los hospitales con graves quemaduras, mutilaciones y amputaciones en sus cuerpecitos.

Para ejemplo, una niña de apenas dos años sufrió quemaduras en su rostro manipulando una luz de bengala. Los médicos consideran como uno de los casos más delicados el de otra niña víctima de los llamados “chifladores”, que sufrió quemaduras severas en sus genitales, piernas y brazos.

La pregunta que se impone es inevitable: ¿qué nos depararán las festividades de fin de año, cuando la pólvora se convierte en un símbolo tan arraigado como peligroso? El problema no es nuevo, pero cada diciembre se repite con la misma intensidad.

Padres que, por descuido o por tradición, permiten que sus hijos manipulen artefactos explosivos; comerciantes que, a pesar de las prohibiciones, encuentran la manera de vender clandestinamente; autoridades que, aunque multiplican los operativos, no logran frenar la circulación de estos productos.

El resultado es un círculo vicioso en el que la pólvora se convierte en un enemigo silencioso de la infancia hondureña. La tragedia es doble: no solo se trata de las quemaduras, mutilaciones o pérdidas irreparables que sufren los niños, sino también del mensaje que como sociedad estamos transmitiendo.

¿Qué significa que, año tras año, aceptemos que la diversión de unos se traduzca en el dolor de otros? ¿Qué dice de nosotros que la pólvora siga siendo parte del paisaje festivo, aun cuando sabemos que sus consecuencias son devastadoras? El director de la Fundación Hondureña para el Niño Quemado (Fundaniquem) volvió a salir al paso con este dramático y contundente mensaje: “Gasten el dinero en comida, en ropa, en cosas básicas.

Por favor, no compren pólvora para sus hijos. Los dedos no se compran en ninguna pulpería”. Las campañas de prevención han demostrado ser insuficientes e inefectivas. No basta con anuncios en televisión, radio, periódicos o mensajes en redes sociales.

La realidad exige un abordaje más integral y sostenido. La educación en las escuelas debe incluir, desde edades tempranas, un componente claro sobre los riesgos de la pólvora. Las comunidades deben organizarse para vigilar y denunciar la venta ilegal.

Los padres deben asumir, con responsabilidad, que proteger la vida de sus hijos está por encima de cualquier tradición. Y las autoridades, más allá de los operativos de temporada, deben garantizar un control efectivo durante todo el año.

Pero también es necesario un cambio cultural. La pólvora se ha asociado con la alegría, con la celebración, con la identidad festiva. Romper ese vínculo requiere creatividad y alternativas.

¿Por qué no promover espectáculos públicos de luces seguras, conciertos comunitarios, actividades deportivas o artísticas que reemplacen esos poderosos estruendos de los cohetes por expresiones de convivencia? La fiesta puede ser igual de vibrante sin poner en riesgo la integridad de los más vulnerables.

El fin de año nos coloca frente a una oportunidad. Si la Navidad dejó un saldo doloroso, las celebraciones de Año Nuevo pueden ser un punto de inflexión.

No se trata de prohibir por prohibir, sino de construir conciencia colectiva. Cada padre que decide no comprar pólvora, cada vecino que denuncia un expendio clandestino, cada autoridad que actúa con firmeza, está contribuyendo a salvar vidas.

Y cada niño que llega sano al inicio del nuevo año es un triunfo que vale más que cualquier espectáculo de luces fugaces. La deuda con nuestra niñez es enorme. No podemos seguir normalizando que las fiestas terminen en hospitales, que los juegos se conviertan en tragedias, que la alegría se transforme en llanto.

La pólvora no es un juguete, y mientras no lo entendamos, seguiremos condenando a generaciones enteras a cargar cicatrices físicas y emocionales que pudieron evitarse. Antes del pasado 24 de diciembre advertíamos en este mismo espacio sobre los riesgos.

Hoy, con las cifras en mano, la advertencia se convierte en clamor. Que el cierre del año sea distinto. Que la sociedad hondureña, en su conjunto, decida que la vida de los niños vale más que cualquier tradición.

Que el ruido de los cohetes sea reemplazado por el bullicio de la esperanza. Porque si algo nos debe dejar este fin de año es la certeza de que proteger a la infancia es el mejor regalo que podemos darnos como país.

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