24.8 C
Honduras
miércoles, junio 3, 2026

¿El Credo?

SI bien ya regresaron los turistas de disfrutar su recreo de Semana Santa, y todo regresa a la tediosa normalidad, con el susto del bombazo de las gasolinas, quedó, entre los lectores de lo espiritual, un tema pendiente sobre la Biblia. ¿Cuál fue la controversia arriana?, preguntan del colectivo: Asistido Winston de los mismos textos teológicos ya citados, responde: “Fue una gran disputa teológica del siglo IV que sacudió el Imperio Romano”. “Versaba sobre la naturaleza de Jesucristo y su relación con Dios Padre”. El presbítero alejandrino Arrio, enseñaba que “Jesucristo, aunque era divino, no era coeterno ni de la misma esencia que Dios Padre”. “El Hijo era la primera y más perfecta de las criaturas, creada por el Padre “antes de todos los tiempos”, pero no era verdadera y plenamente Dios”. Repetía: “hubo un tiempo en que él no existió”. La postura ortodoxa del diácono Atanasio de Alejandría, defendía que “el Hijo era eterno y «consubstancial» (de la misma naturaleza o esencia) que el Padre (“homoousios” en griego).

Fue tan intenso el conflicto que el emperador Constantino convocó el Concilio de Nicea (325 d.C.), el primer concilio ecuménico. Resulta que allí, “el arrianismo fue condenado y se redactó el Credo de Nicea, que establece la plena divinidad de Cristo”. Aunque aquello no apagó la controversia que continuó por décadas, con luchas políticas, exilios de obispos y cambios de postura oficial. Finalmente fue resuelta en el Concilio de Constantinopla (381 d.C.), que reafirmó el credo niceno. “El credo resultante del Concilio de Constantinopla I (año 381 d.C.) es el que hoy se conoce comúnmente como el Credo de Nicea, aunque técnicamente es una versión ampliada y revisada del credo original del Concilio de Nicea (año 325 d.C.)”. Este símbolo de fe, escrito en primera persona del plural («Creemos»), establece la doctrina de la Trinidad, afirmando la plena divinidad de Jesucristo y del Espíritu Santo: “Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible”. “Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”.

“Amén”. (Según recuerdo –aclara el Sisimite– el concilio de 381 no creó un credo completamente nuevo, sino que amplió y aclaró el anterior: Sección sobre el Espíritu Santo: Se desarrolló extensamente la sección sobre el Espíritu Santo, afirmando su divinidad para contrarrestar a los pneumatómacos (quienes negaban su condición divina). Sección sobre la Iglesia: Se añadió una frase sobre las notas de la verdadera Iglesia: «Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica». Primera persona: Se utilizó la primera persona del plural («Creemos») para reflejar que era una declaración colectiva de la fe de la Iglesia, aunque en su uso litúrgico se ha popularizado la primera persona del singular («Creo»). -¿Y los cambios al “Padre Nuestro” –sugiere Winston– sería tema interesante para otro día?).

Más Noticias de El País