Dependiendo del modelo económico adoptado por un país, los salarios pueden ser un indicador claro del grado de eficacia del Estado y de la dinámica general del mercado.
Cuando se opera en libre competencia, se generan incentivos para atraer la inversión, mejorar la competitividad y, en consecuencia, mejorar las remuneraciones. En economías intervenidas por el Estado, los salarios tienden a estancarse afectando la calidad de vida de los trabajadores.
En un electrizante artículo publicado en El País de España, titulado “Morir en la arena”, el laureado escritor Leonardo Padura – ¿recuerdan “Vientos de La Habana”? – ha retratado la mísera condición en la que se encuentran los trabajadores y jubilados en Cuba.
Padura, nacido en 1955 y aún residente en el barrio habanero donde creció, plasma en la figura de “T”, un excompañero de escuela y vecino, el fracaso de un sistema socialista que desde hace décadas probó ser poco menos que un fiasco.
Ambos pertenecen a esa generación que a finales de los años 50 recibió la “buena nueva” revolucionaria cargada de promesas de un futuro luminoso que, con los años, ha devenido en “un turbio presente nacional”, según palabras del novelista.
Por supuesto que Padura no desconoce las causas de la miseria cubana. Tiene claro que la precariedad laboral, una suerte de síntesis hegeliana del socialismo, está ligada directamente a un salario promedio de apenas 36 dólares mensuales que, junto al de Venezuela, figura entre los más bajos de América Latina.
Debe saber también que las remuneraciones están íntimamente relacionadas con el rendimiento productivo empresarial. En una economía de mercado, a mayor productividad, mayores son los ingresos por hora trabajada.
La productividad, como sabemos, viene dada por la oferta y la demanda. Si la población necesita determinados bienes o servicios, las empresas competirán para satisfacer esas necesidades en términos de precio y calidad.
Si la demanda es alta y constante, las ventas crecen, y con ellas la capacidad de pagar mejores salarios. Así funciona un verdadero sistema capitalista.
Esa es la razón por la que millones de latinoamericanos emigran hacia los Estados Unidos y no a Cuba ni a Venezuela, que corre la misma desgracia cubana.
Tampoco a Honduras que, a pesar de jactarnos de tener una economía de mercado, la productividad es restringida por la baja competitividad, los oligopolios y la escasa inversión local y extranjera. Todo lo demás es pura demagogia.
Como el Estado cubano determina los límites a la creatividad emprendedora y al afán de acumulación, entonces, un cuentapropista que vende pizzas en La Habana gana mucho menos que un paisano en Miami, que no tiene restricciones de ningún tipo, y puede abrir todas las pizzerías que se le antojen.
Son las mismas razones por las cuales la ausencia del capitalismo en la isla obliga al gobierno a ser el único empresario monopolista que fija precios y determina cuánto se debe pagar en términos salariales.
Y como no hay competidores ni marcas privadas, tampoco hay alta productividad ni crecimiento. Ni salarios dignos.
Cuando “T” le dice a Padura: “¡Mira qué destino más triste el que nos ha tocado!”, solo está reflejando la precariedad de ese sistema fallido que nadie, absolutamente nadie con cinco dedos de frente aceptaría tener, a menos que se lo impusieran dictatorialmente.



