CADA año, miles de hondureños se lanzan a la travesía hacia el norte, impulsados por la desesperanza, la pobreza y la violencia.
Muchos no llegan. Otros son deportados, regresando con las manos vacías, el corazón herido y la fe en su país quebrantada.
El Instituto Nacional de Migración (INM) de Honduras ha divulgado cifras detallando que solo entre enero y junio de 2025, se registró el retorno de 19,725 migrantes.
¿Cómo lograr que estos compatriotas, al volver, no solo se queden, sino que vuelvan a creer en Honduras? El retorno no debe considerarse un castigo. Ser deportado no significa haber fracasado ni volver al abandono, sino haber sobrevivido.
El retorno debe ser una oportunidad para reconstruir sueños, no para enterrarlos. Pero para que el regreso sea una oportunidad y no una condena, el Estado debe asumir su responsabilidad.
No basta con recibirlos en un centro de atención por unas horas. Se necesita una política integral que reconozca al migrante como un ciudadano resiliente, con habilidades, aspiraciones y dignidad.
Los gobernantes tienen en sus manos la posibilidad de cambiar esta narrativa. Primero, deben impulsar efectivos programas de reinserción social y laboral, capacitación técnica, acceso a microcréditos y vinculación con empresas locales a modo de transformar el retorno en una nueva etapa productiva. Segundo, es urgente brindar apoyo psicológico y comunitario.
Muchos migrantes regresan con traumas profundos. El acompañamiento emocional es clave para reconstruir su confianza. Además, se debe invertir en las zonas de donde emergieron.
Si los municipios que más migrantes generan reciben inversión en educación, salud y empleo, se rompe el ciclo de migración forzada. Igualmente, los llamados a tomar decisiones deben cambiar el discurso.
Dejar de ver al migrante como un problema y empezar a hablar de ellos como agentes de cambio. La palabra importa porque la narrativa construye realidad. Las políticas migratorias del presidente Donald Trump, con su retórica de exclusión y sus medidas férreas, están dejado cicatrices tan profundas que se ha generado una peligrosa rebelión n diferentes ciudades norteamericanas.
Pero el muro más difícil de derribar no está en la frontera: está en el corazón de quien ya no cree en su tierra. Honduras debe ser más fuerte que ese muro. Debe ofrecer razones para quedarse, para construir, para soñar aquí.
Motivar a los migrantes deportados a quedarse no es convencerlos de que se conformen. Es demostrarles que su país puede ser justo, digno y próspero. Es hacerles sentir que su retorno no fue el final del camino, sino el inicio de uno nuevo.
Uno que no se mide en kilómetros recorridos, sino en raíces recuperadas. Honduras tiene una deuda con sus migrantes. Es hora de saldarla con políticas valientes, con empatía y con visión de futuro. Porque cuando un hondureño vuelve y cree, todo el país se fortalece.


