A lo largo de la historia, ciertos hitos relacionados con el lenguaje, la escritura y la lectura han funcionado como verdaderos «momentos de iluminación» que impulsaron a las sociedades. Sin embargo, el abandono de estas herramientas está generando en estas generaciones espumosas de la superficialidad, una decadencia. Hablamos del fenómeno de la «desilusión» o «desilustración». ¿Cuáles fueron los grandes hitos que iluminaron y marcaron una extraordinaria diferencia?: “La invención de la escritura (c. 3400-3200 a.C.): Surgida en Mesopotamia y Egipto, permitió trascender la oralidad para administrar excedentes, codificar leyes y registrar la historia, sentando las bases de la administración y el pensamiento complejo. El Alfabeto Fonético (c. 1050 a.C.): Los fenicios crearon un sistema de 22 signos. Los griegos añadieron las vocales, creando un sistema democrático que hizo la lectura y escritura accesibles a más personas, no solo a escribas. La imprenta (c. 1440): La invención de Gutenberg democratizó el conocimiento. La producción masiva de libros abarató costes, estandarizó idiomas, difundió ideas y alfabetizó a la población, sentando las bases de la ciencia y el debate público modernos”.
La lectura como motor de la Ilustración: “La masificación del libro impulsó la Ilustración del siglo XVIII. La lectura profunda (atención sostenida e inferencia) se convirtió en el vehículo para el pensamiento crítico. Leer no era solo ocio, sino una «herramienta de combate contra la ignorancia» y un «indicador del grado de desarrollo de una sociedad». Hoy, la cultura escrita está siendo desplazada por una matriz audiovisual y digital. Este abandono está teniendo consecuencias profundas: “Pérdida de pensamiento crítico: Sin lectura, no se construye la capacidad de cuestionar o argumentar. La sociedad se vuelve más vulnerable a la desinformación y a discursos emocionales simplistas”. “Crisis de atención y conocimiento: La inmediatez digital reduce la paciencia cognitiva”. “Debilitamiento democrático: La democracia liberal nació de la imprenta y de ciudadanos que leían, razonaban y debatían”. Su abandono empobrece el debate público, reduciéndolo a un «espectáculo emocional». “El abandono de la lectura profunda no es un simple cambio de hábito, sino un retroceso civilizatorio que desmonta las herramientas mentales que nos permitieron construir sociedades libres y racionales”. El declive es evidente. “No hay que ver la lectura y la escritura como meros pasatiempos, sino como tecnologías cognitivas que moldean cómo piensa nuestro cerebro y cómo se organizan nuestras sociedades”. “Su abandono no es un síntoma más de la decadencia; es el motor mecánico que la acelera”.
“La decadencia ocurre cuando la gente pierde el software mental para gestionar la complejidad”. “Una sociedad que no lee ni escribe extensamente es una que no puede autogobernarse (porque no entiende la complejidad), no puede crear ni reflexionar (porque no entiende el contexto) y no puede trascender (porque vive hipnotizada en un espejismo divagador en la frivolidad y lo superfluo)”. “Es la involución de un sistema complejo a un sistema reactivo, donde el impulso, el ruido y lo falso, reemplazan a la razón, la evidencia y la verdad”. “Las sociedades no se salvan únicamente construyendo puentes y armatostes de concreto. También necesitan puentes invisibles, estructuras colectivas de identidad, hechos de palabras, relatos y conversaciones”. Porque cuando una generación deja de contar historias, la siguiente hereda obra material… pero pierde el mapa para encontrar el camino de regreso a casa. (¿Qué fue inquiere el Sisimite– lo que dijiste ayer? -Decíamos –responde Winston– “la decadencia nunca comienza con el derrumbe de los muros, sino con el silencioso abandono de las bibliotecas, de las sobremesas y de los cuentos narrados al calor del hogar).


