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domingo, julio 19, 2026

Debemos superar el desgaste político

Si el mundo entero está agotado por la violencia y el odio, en Honduras nos sentimos especialmente cansados de los escándalos orquestados desde las esferas políticas. No se trata de eventos fortuitos ni de errores casuales: los escándalos han sido preparados con precisión, con objetivos claros para desgastarnos, inhibir la participación ciudadana y luego mantener el control absoluto del poder.

Con las revoluciones sucedía algo parecido a lo de hoy. Casi todas se gestaban con el propósito de liberar a los pueblos del yugo opresor. Pero una vez encumbrado el nuevo poder, la manera más fácil de conservar el orden era erigiendo otra dictadura, más fiera que la anterior. Se volvía a lo mismo de antes.

Luego venían formas más sutiles de dominación para obtener obediencia, como la propaganda, la educación y la cultura, o lo que Louis Althusser llamaba los “aparatos ideológicos del Estado”.

Esta saga de escándalos atemorizantes no es más que el preludio de una “revolución” mayor; un proyecto autoritario que nos desgasta, mientras nos convierte en espectadores del show que señala a los enemigos responsables de las desgracias de la sociedad.

Así, cada escándalo nos arranca de la rutina para entregarnos a una forma de entretenimiento en el que todos participamos, ya sea como víctimas o victimarios. Incluso, los escándalos donde el régimen señala a sus enemigos sirven para proyectar las frustraciones y odios que albergamos en el subconsciente contra aquello que identificamos como el mal del mundo: el rico, el corrupto, el famoso, la bella, el pecador.

Pero esta confusión, además de alejarnos de la realidad, erosiona nuestra moral y agota la paciencia colectiva. El miedo y el cansancio inducidos, apartan a los mirones de la plaza pública donde se cuecen las habas de la verdad.

Poco a poco nos vamos retirando de toda contienda política, incluso en nuestra condición de electores, desalentados y con el espíritu extenuado. Y entonces decimos: “¡Al diablo los políticos!”, sin ver que ese es el deseo del poder.

La apatía nos obliga a deponer las armas de la participación y la crítica -herramientas indispensables para que sobrevivan las democracias- y facilita la llegada de los autoritarismos.

Bastaría mirar a nuestro alrededor para ver cómo proliferan en América Latina los absolutos y represores, mientras las masas les aplauden sus travesuras legislativas de reelegirse una y otra vez.

Pero después vendrán métodos más implacables para mantener el señorío, como los grilletes, el escarmiento, los pogromos, los cadalsos. Así, una ciudadanía desmoralizada comienza a desconectarse de los procesos eleccionarios y de la participación pública necesaria para mantener la democracia.

Ni siquiera cree en las alternativas: la abstención termina favoreciendo al autoritarismo. En su obra “Cómo mueren las democracias”, los politólogos norteamericanos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt advierten que las democracias se debilitan a causa de una erosión paulatina, mientras los ciudadanos -sin notarlo- legitiman los abusos del poder. En todo caso, nos toca la ingente tarea de superar este desgaste.

Mantenernos informados cada día a través de los medios más serios y responsables, y no descuidar jamás nuestra participación activa. Es hora de rescatar la verdad, reflexionar en familia lo malo de un gobierno; discutir en la oficina, en los gremios; votar, hacernos sentir, ser fuerza viva.

 

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