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miércoles, junio 3, 2026

Debemos escribir la historia correcta

La lectura de “Tiempos líquidos” del insigne sociólogo, Zygmunt Bauman, hizo abrir los ojos a millones de sus lectores que le seguían desde finales de los 90, en una época de profundas transformaciones alrededor del mundo.

La pérdida de la solidez que Bauman describía, alcanzaba no solo a la modernidad, sino también al mercado, al Estado, la política, las relaciones interpersonales -como el amor- y las vidas juveniles desperdiciadas.

Su “saga líquida” se fue infiltrando en cada resquicio de la sociedad global, dejando al descubierto los efectos provocados por la intrusión tempestuosa de las comunicaciones instantáneas y las respuestas culturales a la “complejidad del desorden”, como bien diría el centenario Edgar Morin.

La inestabilidad de los sistemas se puso en el centro del análisis sociológico de los grandes cambios globales. El Estado, bajo la justificación neoliberal de reducir la burocracia, daba pasos hacia atrás en la prestación de servicios como salud y educación, mientras las inversiones de capital se movían de un lado a otro, ahí donde los países garantizaran las llamadas “ventajas competitivas”.

Cuando una inversión se mueve hacia otro lugar en busca de esas ventajas, deja atrás comunidades enteras en franco desamparo, principalmente en el Tercer Mundo. Honduras no escapa a este fenómeno de inversión-retirada, que se ha vuelto una costumbre muy natural, muy capitalista.

Pero no solo Bauman anunció la complejidad del desorden. Poco antes, Gilles Lipovetsky se había anticipado a describir lo que él llamaba la “cultura de la inmediatez” y de las relaciones fragmentadas, mientras Byung-Chul Han, más actualizado en su “Sociedad del cansancio”, desnuda la tendencia posmoderna hacia la autoexplotación laboral, el sentimiento de soledad y, por supuesto, la depresión, enfermedad del siglo XXI.

En cuanto a la política y al poder, la amenaza del autoritarismo se vuelve cada vez más intensa en aquellas sociedades donde el desorden se ha vuelto inmanejable. Dados los efectos de las crisis globales, la gente suele recurrir a los únicos medios que le dicta este triunfante capitalismo que en modo alguno se encuentra en decadencia: el hiperconsumismo, las frágiles relaciones interpersonales, el narcisismo por la visibilidad excesiva y la apetencia de relatos viralizados que no exigen mucho razonamiento ni lógica alguna.

Los grandes espacios sociales abandonados por el Estado y el mercado, inmediatamente son conquistados por líderes populistas que prometen llenar el vacío que, a su juicio, ha dejado la derecha y las élites conservadoras dueñas del capital local. Sin embargo, la alternativa desde la izquierda es la misma de siempre, como reitera el filósofo esloveno, Slavoj Zizek –marxista para mejores señas–: el estalinismo concentrador y el autoritarismo de marras.

A la incapacidad de generar bienestar, tanto de las oligarquías tradicionales como de las facciones “progresistas” que llegan al poder, los regímenes autoritarios se ven obligados a controlar el sistema y a cerrar los espacios para evitar el disenso y la crítica civil.

El fascismo surge imponente y devastador. Sin embargo, no todo está dicho. Frente a la amenaza del autoritarismo fascistoide, resulta urgente insistir en la protesta permanente; en juntar lo diverso y lo moralmente marginal y recuperar lo que queda al margen del molde oficialista. Para cambiar la historia, primero hay que imaginarla de forma diferente, y después, escribirla de manera correcta.

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