A veces, la vida parece estar en pausa. Toda marcha según lo planeado, los días tienen cierta rutina, las decisiones se sienten seguras, y el futuro, aunque no completamente claro, parece predecible.
Es como ver una película que avanza sin sobresaltos, casi plana, donde ya intuimos lo que viene y hasta cierto punto nos aburre. De pronto, ocurre algo, un giro inesperado, un cambio de trama, surge algo que no veíamos venir y que sacude el guion de nuestra vida.
Es ahí donde comienza la parte interesante y aunque solemos asociar lo inesperado con lo negativo, una pérdida, una ruptura, un cambio drástico de planes, una infidelidad, un despido, muchas veces estos momentos son precisamente los que inyectan profundidad y sentido a nuestra historia.
Como en las buenas películas, la crisis es lo que nos hace sentarnos en el borde del asiento, abrir más los ojos, y prestar más atención. Nuestra postura cambia, pasamos de ser espectadores relajados a protagonistas activos, inmersos en la historia, pensando en una solución, buscando salidas oportunas y creativas.
Desde una mirada psicológica, estos giros en la trama se sienten con fuerza porque activan nuestro sistema de alerta. Aparece el estrés, el cual no es malo en sí mismo, de hecho, es un mecanismo natural que nos prepara para responder ante lo desconocido.
Cuando algo cambia abruptamente, ya sea un diagnóstico inesperado, una mudanza forzada o una decisión que no salió como esperábamos, nuestro cerebro entra en un estado de mayor actividad, analizamos más, sentimos más, y reaccionamos con más intensidad.
Pero este estado, aunque incómodo, es también una oportunidad. Porque justo ahí, en medio del caos, aparece una de las cualidades humanas más admirables y esta es la resiliencia.
La resiliencia es la capacidad de adaptarnos a situaciones difíciles, de reconstruirnos después de un impacto, de crecer incluso cuando estamos rotos. Es como si, al igual que los personajes de una película, descubriéramos recursos internos que antes no sabíamos que teníamos.
Imaginemos por un momento esa escena en la que el protagonista, perdido o herido, descubre una fuerza nueva, una motivación que no tenía al principio. Es el punto de inflexión, ese momento que marca un antes y un después.
Así también ocurre con nosotros, algunas veces, el giro inesperado de la historia es la suma de nuestras decisiones tomadas con anterioridad, pero muchas veces no elegimos la crisis o el giro de la película, pero sí cómo los enfrentamos.
Y en esa elección, incluso en medio de la incertidumbre, hay poder. La incertidumbre es, probablemente, uno de los aspectos más desafiantes de estas etapas. Nos cuesta mucho no saber, no poder controlar, prever, asegurarnos de que todo saldrá bien.
Pero la verdad es que la vida, como las mejores películas, no nos da el guion completo. Lo que nos toca es avanzar escena por escena, descubriendo el camino mientras lo caminamos, estamos en una transmisión en vivo que no podemos adelantar el guion para ver como termina.
Y aunque esto puede generar ansiedad, también puede despertar nuestra creatividad. Cuando no sabemos qué va a pasar, estamos más atentos, nos abrimos a nuevas posibilidades, buscamos otras salidas, empezamos a improvisar, a experimentar más fe y no está nada mal si en algún momento también tomamos la decisión de sentarnos a esperar que la marea baje para luego tomar acción.
Estas etapas, por difíciles que sean, nos obligan a replantear nuestras prioridades, reestructuras algunos esquemas mentales y hacernos algunas preguntas ¿Qué es lo realmente importante en mi vida? ¿En qué quiero invertir mi energía? ¿Qué relaciones valen la pena cuidar? ¿Qué debo mejorar en mi vida? Son preguntas que rara vez nos hacemos en tiempos de calma, pero que se vuelven urgentes cuando todo se desordena.
Y al igual que en una buena película, estos momentos no duran para siempre. Eventualmente, la trama se aclara, el ritmo se estabiliza, y encontramos un nuevo equilibrio. No volvemos al punto de partida, porque algo en nosotros cambió. Somos una versión distinta, quizás más cansada, pero también más sabia, más auténtica, más consciente de lo que somos capaces de atravesar.
Así que la próxima vez que sientas que tu vida se está complicando, que el guion se desvió y que nada tiene mucho sentido, recuerda esto, probablemente estés entrando en la parte más interesante de tu historia y en lugar de comerte las uñas mejor prepara las palomitas de maíz, siéntate en el borde de la silla, abre bien tus sentidos y disfruta la trasmisión en vivo de tu vida misma.
Y celebra esa escena donde se forja tu carácter, donde se despierta la fuerza, y donde el final aún está por verse, después de todo, ¿qué película memorable no tiene un buen giro inesperado? Tienes algo por compartir con nosotros escríbenos a [email protected] o búscanos en Facebook, Irazema Ramos- Psicología.



