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sábado, julio 18, 2026

Cosas asombrosas y muy misteriosas

Por: Otto Martín Wolf

Aveces el ser humano, presionado por las circunstancias, realiza acciones completamente fuera de sus posibilidades habituales. Esto resulta muy interesante porque, en condiciones normales, la mayoría de las personas apenas logra levantarse de la cama un lunes por la mañana sin emitir sonidos de ballena agonizante. Sin embargo basta una pequeña catástrofe, un incendio o una factura médica (hablando de cosas catastróficas) para que aparezca, desde algún rincón desconocido del organismo, una versión extraordinaria del individuo común. Se cuentan numerosos casos de hombres y mujeres capaces de levantar enormes pesos, derribar obstáculos y ejecutar hazañas incompatibles con la respetable pereza de la anatomía humana. Y lo más inquietante es que muchas de esas historias son reales. No hablaremos aquí de conspiraciones, fantasmas, civilizaciones submarinas ni marcianos aficionados a construir pirámides durante los fines de semana. Tampoco recurriremos al cómodo departamento administrativo de los milagros, donde la humanidad archiva todo aquello que no entiende. Hablaremos de hechos comprobados, con nombres, fechas y expedientes médicos suficientemente aterradores. Charlene Kirby, una mujer de 75 años residente en Colorado, sufrió en julio de 2025 una fractura de fémur tras un accidente con su vehículo en una zona remota. El fémur, conviene aclararlo, no es un hueso cualquiera. Es una especie de columna vertebral portátil. Cuando se rompe, el cuerpo humano suele reaccionar considerando seriamente la posibilidad de renunciar a la existencia. Pues bien: con la pierna fracturada — dolor bastante más desagradable que un simple uñero y apenas un poco menos incómodo que pagar impuestos— la señora Kirby se arrastró durante catorce horas para buscar ayuda. Catorce horas.

La mayoría de las personas pierde la voluntad de vivir después de quince minutos sin señal de internet. En 2015, Mihuki Harwood aventurera de la selva, sobrevivió nueve días en la Sierra Nevada, California, desplazándose a rastras durante kilómetros hasta encontrar un arroyo que le permitió mantenerse con vida hasta ser rescatada.

Y Denell Baleni, atleta lesionada en el desierto de Utah en 2025, logró avanzar kilómetros con la pelvis fracturada guiada únicamente por su perro y por ese antiquísimo mecanismo biológico conocido como terror absoluto. Estas hazañas revelan algo profundamente extraño: el cuerpo humano parece poseer reservas ocultas que normalmente permanecen cerradas, quizá para evitar que las utilicemos irresponsablemente. Porque si un hombre descubriera desde el principio toda la fuerza de que dispone, probablemente intentaría mover edificios para impresionar vecinos o abrir cocos de un cabezazo durante reuniones familiares.

La ciencia explica parte del fenómeno. En situaciones extremas, el organismo libera enormes cantidades de adrenalina y endorfinas. Estas sustancias reducen la percepción del dolor, aceleran ciertas funciones y convierten temporalmente al ciudadano promedio —ese individuo que jadea subiendo dos escalones— en algo bastante parecido a una locomotora desbocada. Pero la explicación científica, aunque correcta, deja cierto sabor de misterio administrativo. Porque hay momentos en que las personas realizan cosas que parecen incompatibles con la lógica, la biomecánica y, sobre todo, con la dignidad humana. Existen registros de individuos levantando automóviles para rescatar hijos atrapados. Aunque, siendo sinceros, probablemente algunos habrían hecho lo mismo por salvar un televisor de setenta pulgadas nuevo y con algunas cuotas aún pendientes. La civilización moderna tiene prioridades muy complejas.

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