26.8 C
Honduras
sábado, julio 18, 2026

¿La tablita?

(EXTRANJERA) Beatrice: -¿Cuánto cuesta el pasaje del transporte público aquí? Ruperto: -Pues mirá… el pasaje del bus “rapidito” en Tegucigalpa anda por los trece lempiras subsidiado. Ya si vas para rutas suburbanas, como Mateo, Las Tapias o más al sur de Francisco Morazán, sube de diecisiete hasta treinta y pico. Y si es viaje largo, tipo Olancho o más lejos, ya hablamos de doscientos o doscientos setenta lempiras, dependiendo del lujo… o del castigo. Beatrice: -¿Y en tus dorados tiempos cuánto costaba? Ruperto (con sonrisa nostálgica): -Treinta centavos. Los famosos “treinteros”. Beatrice: -¿Treinteros? Ruperto: -Taxis. Te llevaban adonde pidieras. Había un punto de taxis contiguo al colonial parque Central. No andaban del timbo al tambo, derrochando gasolina, a la caza de pasajeros. Beatrice: ¿Solo 30 centavos? Ruperto: -Pero acordate que Tegucigalpa todavía cabía en la memoria. Del Guanacaste hasta Guacerique en Comayagüela era casi todo el mundo conocido. Belén y San Felipe ya parecían viaje al exterior.

Beatrice (riendo): -¡Qué exagerado! Ruperto: -No, mujer. La ciudad todavía no se había desparramado por todos los cerros como ropa tendida. Ni había ocurrido la invasión de migrantes de las áreas rurales. Y eran dos ciudades gemelas. Tegucigalpa y Comayagüela, nada de Distrito Central. Y cada pueblo tenía su encanto. Los comayagüelas, orgullosos, eran harina de otro costal de los tegucigalpas, y viceversa. Beatrice: -¿Y había buses pequeños también? Ruperto: -¡Claro! La famosa “Tablita”. Muévase para atrás. Microbuses Volkswagen e Isuzu allá por los setenta. Beatrice: -¿Por qué les decían así? Ruperto: -Porque llevaban una tablita al frente con la ruta pintada. Y el ayudante gritaba: -“¡Guaceriqueee, Torocaguaaa, Vacilóóón!”. -“¡Loarqueee, Las Lomaaas!”. .“¡Córrase y ponga la tablita!”, una especie de pequeña tabla o banquito de madera que los ayudantes colocaban en medio del pasillo para acomodar un pasajero extra. -“¡Próximaaa!” (gritaban los pasajeros para apearse y que parara el bus). Beatrice (muerta de risa): -Eso parece teatro callejero. Ruperto: -Y lo era. Tipo kermés. Solo que con humo de diésel y gente colgando. Y el cobrador de los buses prendido de un barrote, con la puerta abierta del bus, tocándole las nalgas a los peatones mujeres que iban caminando por las aceras. Beatrice: -¿Y para viajar fuera de la ciudad? Ruperto: -Estaban las “baronesas”. Beatrice: -Eso suena elegante. Ruperto: -Elegante el nombre… porque eran camiones adaptados con carrocería metálica y bancas de madera. Beatrice: -¿Transportaban personas? Ruperto: -Y gallinas, sacos, huacales, niños dormidos y señoras con canastos. Beatrice: -¿Y la gente viajaba ahí horas? Ruperto: -Claro. A las afueras de la ciudad. Talanga al norte, y rumbo a Ojojona, Santa Ana y toda la zona sur. Las agarrabas en los mercados. Beatrice: -Todo un carrusel. Ruperto: -Era mitad transporte… mitad aventura espiritual.

Beatrice: -Hoy escuché una frase pegajosa. Una señora dijo: “Vieras el marimbazo que me acabo de dar en el ojo. Me desperté dormida, me agaché buscando la sandalia y pegué en la punta de la mesa”. Ruperto (soltando carcajada): -¡Ahhh! “Marimbazo” es un gran golpe. Beatrice: -¿Y qué tiene que ver una marimba? Ruperto: -El golpe que les pegan a las teclas de la marimba con los palos. Y te dejan la cabeza sonando a música típica. (El Sisimite: -Y escuchá qué dice la mamá de la nena de los cuentos: ¿Y el congestionamiento que provocan los agentes de tránsito? Esos que tienen la genial idea de cerrar un carril en el anillo periférico, abajo del puente San Miguel… me dan ganas de gritarles: “busquen qué hacer”… Y la pobre Beatrice. Aprendiendo de treinteros, tablitas, baronesas y marimbazos… puro folclor catracho. Winston: -Es que aquí el transporte no solo mueve gente… El Sisimite: ¿Y qué otra cosa mueve, entonces? Winston: -Mueve historias y recuerdos. De mejores tiempos que no volverán).

Más Noticias de El País