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miércoles, junio 3, 2026

¿Círculo perverso?

¡ QUÉ pesar! En la arena política–cual anfiteatro de gladiadores en salvaje lucha a muerte, capeando a las fieras que les echaban encima– el ruido ha reemplazado a la razón, y el estruendoso grito –entre gemidos macabros y alaridos de un dolor siniestro– ha sustituido al argumento.

Lo que debería ser un espacio de deliberación y construcción colectiva se ha convertido en un campo de chillidos cruzados, donde la fuerza del berrido se confunde con la fuerza moral. La moderación –desapercibida– vista con desdén, como si fuera signo de debilidad.

“El fenómeno no es nuevo, solo que hoy intensificado con el auge de las redes sociales, los foros vociferantes y los púlpitos digitales que recompensan el exceso –y la instigación del conflicto– y castigan el equilibrio.”

“Lo que comienza con una voz elevada para llamar la atención, pronto degenera en una competencia de decibeles donde cada bando grita más fuerte no para convencer, sino para no parecer vencido.” Así se instaura un círculo vicioso del ruido absurdo surtidor de desconfianza: uno grita, el otro grita más; nadie escucha, nadie cede.

Ceder sería, según la lógica imperante, perder. Y en esa delirante contienda, la sensatez se convierte en rehén de la polarización. “Se radicalizan las posiciones –con y sin convicción– más por temor a que el silencio o la prudencia sean interpretados como claudicación.”

“Y como el diálogo se esfuma entre gritos, surge el consuelo más cómodo: culpar al otro. Cada bando justifica su intransigencia en la supuesta cerrazón del adversario.” ¿Qué sucede cuando la autocrítica reflexiva desaparece, derrotada por el capricho y el reproche, cuando la búsqueda de arreglo se desforma en una enmarañada red de acusaciones mutuas?

¿Y en esa batalla sorda en campo radicalizado, polarizada la sociedad en extremos, cae en orfandad la responsabilidad de dirigir y de orientar? ¿Un canje de la “mea culpa” por el “mea exculpar”?: “¿No es mi culpa — el refugio a la intransigencia—es culpa del otro?”

Las cosas son blanco y negro, sin matices intermedios. “O está con Dios o con el diablo”, gritan los bandos al unísono. “La política, entonces, deja de ser el arte de lo posible para convertirse en espectáculo estridente, donde no gana quien tiene la mejor propuesta ni la razón, sino quien logra el mayor escándalo.”

Y el efecto Pigmalión, que de tanto repetir que la esperanza que se tiene, de salir de este endemoniado laberinto, va al fracaso, acaba por hacerla fracasar. Mientras, más confundido que absorto, en este ingrato espectáculo con que lo divagan los políticos ¿qué en realidad será lo que quiere el auditorio neutro, el votante joven, el indeciso, el independiente, y hasta una parte del voto duro, atosigado de problemas para los que nunca llega la solución?

¿Qué continúe el duelo inútil hasta hacer fracasar la poca esperanza que le quede, o actos de contrición, poniéndose la mano en el pecho, para auscultar su conciencia democrática, si es que la hay? ¿A no ser que todo, sea una estrategia premeditada con fines inconfesables? “No hay democracia que sobreviva en el estruendo perpetuo.

Porque cuando todos gritan, el primero que muere es el sentido. Y sin sentido, la política deja de ser servicio público para convertirse en ruido vacío.”

“Romper este círculo perverso exige coraje. Pero no el coraje del que golpea la mesa y agita la bandera de su causa con arrogancia, sino el coraje más difícil y menos aplaudido: el de tender la mano, el de escuchar al otro, el de renunciar al grito fácil para apostar por el diálogo.”

(Dirigir un ente electoral colegiado — si bien acosado y hostigado injustamente, con una tarea titánica sobre su espalda, al que se le exige brindar confianza cuando el ruido inconsecuente del entorno conspira en su contra– claro que es tarea complicada. ¿Pero dirigir no sería solo regodearse en el aplauso de triunfos momentáneos sino sopesar que, si esto falla, se carga con las culpas del fracaso?

Ahí surge la gran pregunta, que requiere cabeza para responder: ¿Qué es lo que genuinamente juzga el pueblo del arte de dirigir? ¿Qué salgan bien las cosas o que salgan mal? Sin obviar que la responsabilidad en un ente colegiado no deja de ser compartida.

Cualquiera que lo integre debiese imponerse que: “el ruido no hace bien, y el bien no hace ruido.” Ya que, si las cosas salen mal, ninguno va a salvarse del severo juicio de la vindicta pública, ni de haber contribuido, –deliberada o inconscientemente– por excesos y provocaciones, a matarle al pueblo su esperanza.

(Esto –tercia el Sisimite—está a pocas horas en que deja de ser una carrera electoral y pasa a ser una desaforada estampida al precipicio. Lo de afuera –advierte Winston– el enardecimiento que agita vientos virulentos en cielo encapotado anunciando tempestad– se ingenió en hacer un CNE, autónomo e independiente, su caja de resonancia –- queriendo que adentro se arregle lo que el desquiciado trastorno de afuera produce e induce hacia adentro, y no quiere arreglar.

Otra vez, el desafortunado espejismo que con gritos empatan, excusa el capricho de no dialogar. Y quién sabe si lo descompuesto desde afuera –ni quemando aromático incienso en adoración de esos ángeles maniatados caídos del firmamento –tenga compostura adentro.

Ni que haya ganancia para ninguno de apostar a la anarquía, –si no asustados por los albures internos– esta vez, ojo al Cristo, no debiesen menospreciar un Washington tentado a no quedarse de brazos cruzados frente a un fatal estropicio a la democracia en uno de esto pintorescos paisajes acabados.

La vaina es que, si la moderación cayó en desuso; dudoso que haya oídos que quieran escuchar. Así que estas letras, de no romperse ese círculo perverso– no es secreto que acá nadie hace caso—con tristeza, quedarían, entre tardíos lamentos, como agorero consuelo de resignación: ¿verdad que les dijimos?)

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