YA que en repaso de la reciente historia política de Honduras hemos estado, ¿qué le parecería al colectivo si nos vamos a los inicios? Algunas de estas vivencias fueron incluidas en el primer libro que editamos, “Los Idus de Marzo”. Lo que hizo falta va en el segundo libro que, para no irritar más la sensibilidad de la enervada epidermis que se sufre en la actualidad, sigue pendiente de publicación todavía.
Sin embargo, como ahora no leer en nada quita ambición para aspirar a cargos de elección popular –ni de llegar a un encumbrado puesto público– se suma a la amnesia una especie de analfabetismo generalizado. (Aunque la Constitución exija como elegibilidad: “saber leer y escribir”. Y esa adicción nociva a esos chunches digitales, ha apresurado el abandono de la lectura en aras de la cultura, cambiado a lo vacío en pos de un insaciable apetito de frívola diversión).
No hay tales, como el otro día se jactaba un despistado político, que la restauración del Estado de Derecho –o sea, la terminación de los aciagos períodos de mando militar, que concluyeron con la elección a una Asamblea Nacional Constituyente– fuese conquista de ninguno de los líderes de las agrupaciones políticas. Más bien, para aquellos días, la participación de la dirigencia política en el debate nacional como el accionar de los partidos tradicionales, era bastante modesta. De “misas” tras bambalinas.
La moda, impuesta por los gobiernos castrenses –que después de 16 años mandando ya sentían la presión para soltar el poder y entregar a los civiles– era la de dar vida a nuevas instituciones políticas. Calculaban que el mandado se hacía con un partido de los trabajadores, otro de los campesinos y de otras cuantas inclinaciones gremiales.
Incluso, se decía, que había un espacio fértil al surgimiento de partidos emergentes que acapararan la antigua militancia de los dos “fósiles tradicionales”, ya que, en boca de un alto jerarca militar, no eran más que “vacíos cascarones de huevo”. Un tal Consejo Asesor –integrado por el gobierno con representantes de las fuerzas vivas de la nación, instalado en el recinto donde solía sesionar el vedado Congreso Nacional– discutía un proyecto de nueva ley electoral, presuntamente orientada a la constitucionalización del jefe de Estado, contando con un Congreso donde todos esos pedazos de organizaciones hipotéticamente ganarían una futura elección. Una breve descripción del entorno.
La oposición al gobierno de turno no era de naturaleza política, sino de las dirigencias empresariales, opuestas a las medidas tomadas por los llamados “regímenes populistas” que conspiraban contra la libre empresa. Una asamblea de la libre empresa convocada en San Pedro Sula puso los puntos sobre las íes, cuando la prensa tituló –después de 3 días de encendidos discursos en unos febriles hangares de sofocante calor– “Empresa privada exige elecciones libres ya”. A partir de ahí la oposición se ventiló por medio de los periódicos y otros medios de comunicación, LA TRIBUNA a la vanguardia, mientras el aguerrido COHEP, de aquellos días, – nosotros acudíamos por delegación de la ANDI– reunía la dirigencia política de los partidos tradicionales, para planificar estrategias, en el cuarto piso de uno de los céntricos bancos capitalinos. Los partidos políticos tradicionales solo contaban con un representante en el gubernamental Consejo Asesor, igual número que cada una de ese otro montón de instituciones hechizas, por lo que se negaron a integrarlo. En cierta ocasión, los empresarios ofrecieron poner el dinero para financiar sendas concentraciones de los partidos Liberal y Nacional, como una demostración de fuerza. Sin embargo, después de largos discursos y de kilométricas discusiones, dijeron que no, porque el Ministerio de Gobernación había prohibido las reuniones públicas, y “no sería prudente desafiarlos o violar la ley”.
(¿Cuál ley, si entonces las disposiciones jurídicas emanaban de un espurio consejo de ministros del jefe de Estado?). Así las cosas, varios acontecimientos dieron pie a un cambio repentino de la cúpula militar y en la jefatura de las Fuerzas Armadas, tras una asonada en los cuarteles. Gracias a las presiones de la Embajada Americana, a la prensa vociferante, y al creciente disgusto del sector privado, fue gestándose el compromiso a la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente. La embajada veía la ruta trazada con cautela. Recordamos algunas conversaciones con la embajadora, en el Chico Club, auscultando insistentemente –dada la poca efervescencia política en las calles– si las elecciones serían exitosas.
Los partidos daban pocos signos vitales de vida, casi en silencio, sin aparecer mucho en público, se dedicaron a la tarea de documentar correligionarios. (Las elecciones en Honduras –como salida democrática a la crisis– eran de crucial significado, dados los cruentos conflictos armados de la lucha de poder, en la vecindad). (Te cuento lo que al fin pasó. –entra el Sisimite– El gobierno militar, sintiendo agotada su etapa de gobernar a espaldas del pueblo, –la dictadura comenzaba a palidecer en el hemisferio– y virtud de las crecientes presiones, fijó fecha para las elecciones.
Los liberales fueron en desventaja de recursos y de influencias locales que en departamentos y municipios se inclinaban hacia sus históricos rivales. Y vaya sorpresa, las ganaron. Solo que sin mayoría absoluta. La balanza la inclinaba el voto de uno de los partidos emergentes que consiguió diputados por residuos. Y algo más –interviene Winston– fueron elecciones históricas – aquello sí, no como ahora que los políticos califican de histórica toda irrelevancia, como halago a su pequeño sectario interés– y vaya sorpresa, concurridas, con poquísima abstención. Ninguno de los grupos aquellos que presumiblemente desplazarían la militancia de los resucitados “cascarones de huevo”, tuvo mayor respaldo popular. Los ciudadanos, después de una larga etapa de inacción cívica, retornaron alborozados al influjo de los colores tradicionales. Como en clases de historia política estamos, otro día continuará).


