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viernes, junio 5, 2026

¿Billete vencido?

HASTA donde se entiende las misiones de observación electoral internacional están diseñadas solo para observar y recomendar, no para intervenir. Otras que cuando estalla la crisis, después del trueno Jesús María, ponen el grito al cielo. Sin embargo, durante el período previo al día D, cuando la crisis se encuentra en plena gestación, nada les costaría a los mirones reportar a sus sedes los signos alarmantes que perciban y que podrían poner en jaque la elección. Para que siquiera de allá, manden al secretario a buscar entre el legajo de maquetas prefabricadas el papel de la misiva.

–¿Cuál de todos quiere?– indagaría el secretario –¿el de “alguna preocupación”, “cierta preocupación!”, “inmensa preocupación”, “inusitada preocupación”, “inesperada preocupación”, bastante preocupación”, o “ninguna preocupación”?– según el filo y el tamaño de las espinas que vayan asomando arriesgando rasguñar el proceso electoral.

(Una vez que la tormenta perfecta desata su furia es que aparecen como loras en guayabal, intentando descifrar –¿a dónde agarramos ahora?– qué pito tocar, dependiendo de la gravedad de la explosión. La fregada es que intentar pasar el puente después que se ha quemado es como llegar a la estación a tomar el tren con el billete vencido. Hay quienes arguyen que las instancias internacionales sirven para legitimar una elección. Cosa presuntuosa, si en naciones independientes, con alguna dignidad de su soberanía, quien legitima los resultados es el órgano electoral nacional en fiel y estricto apego de la voluntad popular. Sin embargo, en ambientes de escasa confianza interna –digamos en estos pintorescos paisajes acabados– el crédito que se da a lo de afuera alguna influencia ejerce sobre la opinión pública nacional, y qué no decir de la internacional).

Así que, si la diplomacia de la preocupación ensayara medicina preventiva, “esas misiones de observadores, dentro de esos sus apretados límites, bien podrían ejercer mayor influencia moral y mediática, –en apoyo de la autoridad electoral– emitiendo juicios de valor claros y oportunos frente a actos que atentan contra la integridad del proceso”.

“El silencio – por cautela diplomática o por evitar fricciones indeseadas con el poder– termina equivaliendo a una forma de complicidad pasiva con el deterioro institucional”.

(No será –tercia el Sisimite– ¿que muchos de estos actores se escudan en la neutralidad para justificar su inacción? “Una confusión de lo que es imparcialidad con indiferencia, neutralidad con pasividad”. -Solo que –reflexiona Winston–“en los momentos en que los valores democráticos y la institucionalidad están amenazados, la neutralidad deja de ser virtud y se convierte en omisión”.

“El deber no es callar para no ofender, sino hablar para defender los principios universales que justifican su presencia”. -¿Podría entenderse esas manifestaciones inodoras e incoloras de la “preocupada comunidad internacional” –vuelve el Sisimite– como una respuesta políticamente correcta pero moralmente insuficiente? -Lo que decíamos ayer –ilustra Winston– no resuelven, ni previenen, ni corrigen.

“Sirven para cubrir el expediente diplomático, pero no para defender la institucionalidad democrática cuando esta se encuentra amenazada”. Y en momentos críticos –como un proceso electoral donde el árbitro legítimo necesita respaldo claro– “el silencio o la neutralidad se convierten en una forma de abandono”).

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