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miércoles, junio 3, 2026

¿“Ave caesar, morituri te salutant”?

ANTES de la interrupción de los “ocho con yo”, decíamos ayer: La polvorienta arena política retumba en espeluznante ruido. Como en los estadios de la Roma antigua de fieras devorando esclavos (“panem et circenses”) –entre el frenético rugir de la plebe alborozada– día a día ofrece una entretenida tanda de espectáculos, entre discursos virulentos de contrarios, despachos digitales de tipos irrelevantes, angustiados por su insignificancia, queriendo figurar y la nube tóxica de odio con que amargados han emponzoñado el aire, sin dejar espacio ileso, en todo rincón de la pintoresca geografía nacional.

Solo que el circo actual, además, para deleite de la concurrencia, ofrece variedades atractivas, entre ellas, uno de esos extraños trastornos psicológicos: Ello es el enjambre de militantes que ataca a otros de la misma legión, por no alinearse a la postura del otro bando rival, atosigados del mayor odio que comparten contra el “enemigo”.

Es el síndrome de Estocolmo –sobre el que vamos a profundizar en otra ocasión– que les impide quitarse el yugo de los captores que los han tenido secuestrados por tanto tiempo. “Panem et circenses”, escribió con amarga ironía el poeta Décimo Junio Juvenal en la Roma del siglo I, satirizando cómo “el Imperio distraía a las masas con alimentos subsidiados y espectáculos sangrientos para anestesiar su hambre de justicia, su sed de participación, y su derecho a exigir responsabilidad de sus emperadores”.

“Era la fórmula de la manipulación emocional: comida para el estómago, ruido para el alma, y silencio para la razón”. Hoy, en la arena política, la muchedumbre no se satisface con solo pan –ni siquiera pan con mantequilla– exige “dádivas oportunistas, bonos clientelares”, amenizada la feria por el sonoro bullicio de discursos demagógicos.

El circo, lo han perfeccionado sustituyendo las fieras que echaban a los gladiadores, por almas humanas –de carne y hueso, pero de mente robótica capturada por la adicción a plataformas digitales– con inquina de bestias que se devoran unos a otros.

Entre gritos de espanto que ahuyentan cualquier asomo de moderación, debates vacíos de ideas, pero repletos de insultos, bufones iletrados posando de “analistas”, agitan una polvareda de los odios más empotrados cuya toxicidad envenena todo lo que toca. Es el “circo irreverente” de personajes sin formación ni peso moral vociferando en las tarimas o en redes sociales como si desde el balcón de un coliseo.

Reclamando –en las plataformas tecnológicas– su derecho a existir por el mero ruido que generan. Irrelevantes, angustiados por la invisibilidad de su propia pequeñez, sedientos de ser tomados en cuenta, pendientes de cualquier oportunidad de figuración.

Mientras, ¿no hay pan que alimente los estómagos vacíos, ni solución a los problemas que aquejan, que nunca llega, solo la espesa nube tormentosa de desconfianza que se esparce, para dar al traste con la poca esperanza que aún queda? (En Roma, – tercia el Sisimite– el circo al menos terminaba con una sentencia: Ave Caesar, morituri te salutant. («¡Salve, César, los que van a morir te saludan!”).

Aquí, nadie se habla ni saluda. Todos insultan. Y en medio de tanto estruendo, nadie escucha. Profética sentencia de Juvenal –ilustra Winston– anticipando esos consuelos de resignación: “Hace tiempo que hemos perdido la libertad; ahora al menos que no nos quiten el espectáculo”. Solo que las fieras ya no se confinan a jaulas, hoy rugen en los escaños).

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