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miércoles, junio 3, 2026

Asesinar en nombre de la libertad

La semana recién pasada, Elías Rodríguez, norteamericano de origen latino, asesinó a dos jóvenes funcionarios de la embajada de Israel en Washington D.C. El Museo del Holocausto -que tuve la oportunidad de recorrer hace unos meses-, fue el escenario de este lamentable suceso, que pasa a formar parte del rosario de crímenes cometidos por sujetos que, en nombre de la “libertad de los pueblos”, no tienen ningún empacho moral para asesinar a sangre fría a quienes consideran sus enemigos políticos o ideológicos.

¿Qué circunstancias movieron a Rodríguez a cometer semejante atrocidad? La información perfilada del asesino, hecha pública, es apenas la punta del “iceberg”. A pesar de su formación universitaria y sus convicciones morales de militante y activista, Elías Rodríguez comparte espacio en una larga lista de enajenados mentales que han aterrorizado al mundo con el estandarte de la libertad en una mano y la pistola en la otra.

La inmensa mayoría de estos libertarios convertidos en criminales ha marcado la historia de los siglos XX y XXI. Al asesinar al archiduque Francisco Ferdinando, Gavrilo Princip encendió la chispa que desataría la Primera Guerra Mundial.

Y luego le seguirían otros que, como Sirhan Bishara Sirhan, el “Che” Guevara, Ted Kaczynski y hasta los perpetradores de los actos terroristas del 9-11, en 2001, llevaron a cabo sus crímenes con la firme convicción de que habían sido elegidos para hacer del mundo un lugar de paz y conciliación.

Para la sociología funcional de los norteamericanos, un asesino cualquiera es un “desviado” que no encontró los canales institucionales para gozar de una vida plena y exitosa dentro de la estructura social. Sin embargo, la psiquiatría ha venido a reforzar la insuficiencia explicativa de la tesis sociológica.

En cada uno de los casos, incluyendo a Elías Rodríguez, encontramos alteraciones de la psique que incluyen, trastornos antisociales, esquizofrenia, paranoia y el siempre presente narcisismo que alteró por completo la personalidad de Adolf Hitler y Josef Stalin.

Estas perturbaciones, aunadas a la militancia y a las creencias de reivindicación moral y causas libertarias, predisponen al individuo a buscar en el exterior lo que no se puede explicar ni conciliar en el yo personal, como decía Erich Fromm.

La necesidad de una identificación frente al sistema que consideran injusto estimulan a ciertos individuos a buscar refugio en una fuerza externa, por ejemplo, un líder mesiánico, un movimiento social o un partido político.

¿Es este motivo suficiente para asesinar al otro diferente, al que disiente de nuestras convicciones que consideramos política y absolutamente correctas? Por supuesto que no, y por eso debemos tener cuidado con grupos o individuos que tratan de imponernos doctrinas, fórmulas sintéticas y hasta consignas de fácil recordatorio que nos impiden razonar y llegar a la esencia de los fenómenos sociales.

Y, como bien decían Fromm y Gustave Le Bon, las masas buscan desesperadamente adherirse a líderes que piensen por ellas y puedan explicarles la incertidumbre y la complejidad del mundo. Cuando el discurso público coloca en los adversarios el sambenito de enemigos acérrimos, la política pierde su carácter de posturas caleidoscópicas para convertirse en una guerra inacabable de trincheras personalizadas.

De esta manera, las armas mortales no tardan en hacer su aparición, sobre todo cuando caen en manos de individuos intolerantes y alienados que, como Elías Rodríguez, creen que el acto de matar no los convierte en asesinos, sino en héroes libertarios.

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