Vale la pena repetir, “Vivir las preguntas”, de Rainer Maria Rilke, en su carta a un joven poeta: “Tenga paciencia con todo lo que en su corazón aún no ha sido resuelto y trate de amar las preguntas mismas, como habitaciones cerradas o como libros escritos en una lengua extraña. No busque ahora las respuestas, que no se le pueden dar porque no podría vivirlas. Y de lo que se trata es de vivirlo todo. Viva usted ahora las preguntas. Tal vez así, poco a poco, sin darse cuenta, viva un día lejano dentro de la respuesta”. (Rilke contrapone el saber prematuro (el querer entenderlo todo) con el saber vivido, que solo llega cuando se ha atravesado la experiencia emocional, espiritual y estética del misterio. La respuesta no se “piensa”: se encarna).
El valor semántico y simbólico –de textos de consulta de la crítica literaria– de los títulos interrogativos breves, especialmente cuando consisten solo en una o dos palabras extraídas del propio texto, “el signo de interrogación ya no cumple solo la función de formular una pregunta literal, sino que se convierte en un recurso de resonancia conceptual, una suerte de eco o destello del tema central que condensa todo el artículo”. “Cuando el título es solo una palabra o una expresión mínima –por ejemplo, ¿Memoria?, ¿Lealtad?, ¿Democracia?, ¿Silencio?– esa palabra deja de ser una simple etiqueta y se vuelve una puerta simbólica”. “El lector comprende que el artículo gira alrededor de esa noción, pero el signo de interrogación le indica que no se trata de un elogio ni de una afirmación, sino de una revisión crítica o reflexiva”. El autor invita a mirar esa palabra con intriga, o incluso nostalgia”. Así, el título no pregunta “qué es”, sino “qué queda de eso”. El efecto psicológico: la palabra como detonante: “Una sola palabra interrogada funciona como un disparo de conciencia”. El signo “¿…?” la despoja de su comodidad semántica y la carga de ambigüedad”. “El lector no sabe si el texto va a defenderla, lamentarla o deconstruirla. Esa incertidumbre estimula la atención, porque lo enfrenta con una palabra que creía entender, pero que el autor propone examinar desde otra luz”. Y como “signo filosófico en artículos de fondo o ensayos morales, la palabra aislada entre signos de interrogación se convierte en una tesis implícita”. “El autor no afirma, sino que problematiza un valor: justicia, patria, fe, progreso, libertad…”. “Con solo ponerlo entre signos, el texto sugiere: “esto que damos por hecho, ¿sigue siendo real, o solo una palabra vacía?”. Así, “el título no busca respuesta, sino conciencia”. Es casi un acto de filosofía periodística.
Y el valor estético en la palabra suspendida: “El título interrogativo breve tiene también una musicalidad visual y simbólica. Los signos de apertura y cierre enmarcan la palabra como si estuviera suspendida, flotando”. “Eso da un aire de misterio y contención, casi poético”. El lector siente que esa palabra “pesa”, que encierra algo más que su significado común”. En suma, “un título breve interrogativo es una semilla cargada de ambigüedad. No explica: sugiere. No afirma: provoca”. Y esa provocación –esa chispa entre la palabra y el signo– “es la que mantiene viva la relación entre autor y lector: una pregunta compartida que el artículo intenta desentrañar”. (El Sisimite con una humorada de Dorothy Parker: “Puse signos de interrogación al título. Es mi manera elegante de decirle al lector: ‘Vamos, cariño, a ver si tú puedes resolver este lío, porque yo ciertamente no pude’”. Del humor de Mafalda: ¿Y no será que en este mundo hay cada vez más gente y menos personas? -A lo que yo agregaría –ironiza Winston– ¿Siquiera todas las personas se comportaran como la gente?).


