SI, la campaña proselitista ha sido una de amenazas, de ataques, de odiosidad; un surtidor de impertinencias –hasta de ciertas pitoretas que no quieren que le vaya bien al país— regando chorros de desconfianza. A eso –nada de lo que vale la pena es fácil– hay que dar vuelta a la página de ayer.
No conviene detenerse en la lectura. Hoy es otra página, la de otro día. Y hay días en que un país despierta con un nudo en la garganta y un temblor en el alma. Pero no es miedo: es expectativa. Es esa vibración intensa de los corazones que sienten las naciones cuando están a punto de decidir el rumbo de su próxima estación, y quizás de su postrer mañana.
Y por supuesto que cada uno de ustedes en su interior anida una mezcla imprecisa de emociones que le genera inquietud: ansiedad, tensión, incertidumbre. Pero en ese umbral de desconciertos que parecerían ensombrecer el horizonte, cada ciudadano lleva empuñada una antorcha encendida que no es nada difusa, sino intensamente luminosa: El voto. Una luz, –vista desde la óptica individual, tan pequeña, podría hasta ningunearse: como si un solo voto importara.
Pero hasta el poder de un fósforo prendido es a veces suficiente, y ¿qué no decir de una suma generosa de llamas encendidas—como el claror de los rayos del sol– capaz de atravesar las tinieblas del ruido, la tormenta de lo incierto y las sombras insidiosas que otros siembran? Y si algún acucioso miembro del colectivo intuye cierto tono lírico en las líneas anteriores, es porque votar es un acto de inspiración poética.
Es creer— con toda la imaginación de los anhelos— que un país puede todavía escribirse mejor. Es extender la mano, quitar de un solo envión la cobija que arropa esos sueños cansados y que yacen dormidos, y decirles, despierten, no se rindan, sigan conmigo. Es mirar a los jóvenes taciturnos y ver en sus ojos la chispa floreciente de lo nuevo. Es mirar a los indecisos, atrapados entre abismos de indiferencia, y recordarles que no decidir es, al final, dejar que otros decidan por ellos.
Es mirar a los apáticos y decirles que la vida cotidiana –aparte de esos chunches digitales que los hipnotizan– también es política: la calle por donde caminan; el precio del pan, el ingreso de un trabajo para el sustento de la familia; la tranquilidad de sus noches; la música en la partitura de las notas tomadas en sus cuadernos de estudio –la aletargada educación que debe colocarse a la hora exacta de los relojes de hoy, para no continuar, con currículos desfazados, enseñando para un mundo que ya no existe y para que sus títulos no sean adornos en las paredes sino cartas de presentación de un trabajo seguro y digno—el derecho a la salud en clínicas y hospitales con atención amable, servicio diligente y medicinas; todo se juega hoy.
Y votar es un acto de amor: por la tierra que nos dio el nombre, –por los que vinieron antes y por los que todavía no llegan, merecedores de un país mejor– por honrar el orgullo de esa partida de nacimiento común que nos identifica a todos, como hondureños, creyentes, defensores de las bondades de la patria grande, agradecidos por la fecunda riqueza que nos regala su ubérrima naturaleza, e inclaudicables en sus luchas de bienestar y de progreso colectivo.
(Se pusieron de pie al mismo tiempo —el chiquitín como una brasa viva; el otro enorme como una montaña noble— encaminándose a la salida del bosque. — Vamos, Sisimite. –¿A dónde? —A cumplir con la patria. —¿A votar? —A eso —dijo Winston, dibujando con su cola una silueta de euforia en el aire. —Porque cuando un pueblo vota masivamente, ni la sombra más espesa puede tapar su luz. Y así, uno a zancadas, el otro, casi corriendo para alcanzarlo, con sus patitas cortas, se fueron a decirle a Honduras, con el más sencillo de los gestos, pero el más inmenso compromiso de fe, a depositar su voto: “Aquí estamos. No renunciamos a vos.”)


