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sábado, agosto 8, 2026

¿El jurado?

AMBOS, Winston y el Sisimite, con EL PAÍS al lado, se despedían de la tarde en ese reino de silencio, donde el aire se impregna de resina, musgo y hojas húmedas; un incienso antiguo que transforma el bosque en un templo sin muros, mientras cada respiración parece una plegaria y cada latido recuerda que la naturaleza también sabe hablar en voz baja. El Sisimite sugiere darle una tregua a “la maleta”. -Hablábamos de revoluciones, ¿conocés el libro de Anatole France, Les dieux ont soif, (Los dioses tienen sed), de aquella revolución que termina devorando a sus propios creyentes? -Pues sí suspira Winston–, se trata de “una novela histórica ambientada en París durante la fase más radical de la Revolución francesa, “el período del Terror, el Tribunal Revolucionario, la hegemonía jacobina y la caída de Robespierre en el 9 de Termidor”. El Sisimite asiente: -Ya veo que sos leído, pero sabrás que “no es una condena simple de toda la Revolución francesa, sino una matización de cómo una causa nacida de ideales generosos el fanatismo puede convertirla en una maquinaria de crueldad”.

“El protagonista, Évariste Gamelin, es un joven pintor, de mediocre habilidad, discípulo artístico y admirador del neoclasicismo de Jacques-Louis David. Vive modestamente con su madre, participa en el bando revolucionario de su barrio y profesa una fe rigurosa en la República, en la virtud cívica y en Robespierre”. Al principio “no aparenta ser ningún monstruo, todo lo contrario, es austero, disciplinado, sensible a la injusticia y sinceramente preocupado por la miseria que sufre su gente”. Precisamente la paradoja: Anatole France “no muestra a un criminal común que utiliza una ideología como disfraz, sino a un hombre aparentemente honrado que se vuelve peligroso porque identifica sus convicciones con la justicia misma”. “Gamelin sospecha que la República está rodeada de enemigos, aristócratas que conspiran; sacerdotes refractarios; especuladores; traidores militares; moderados sospechosos; revolucionarios insuficientemente puros”. Lo nombran jurado del Tribunal Revolucionario e interpreta que le han encomendado una misión sagrada. Deja de juzgar personas concretas y comienza a juzgar categorías: “Noble, sospechoso, tibio, contrarrevolucionario”. No hay tales de presunción de inocencia ya que en su leal saber y entender “dudar de la culpabilidad de un acusado equivale a poner en peligro a la República”. La tesis central de la novela: “la virtud política, cuando se considera infalible y recibe poder ilimitado, puede convertirse en una forma de fanatismo”. “Gamelin no percibe estar cometiendo injusticias, solo haciendo lo necesario para purificar a Francia”.

“Cada ejecución le parece un sacrificio necesario para alcanzar una sociedad futura de libertad e igualdad”. “El hombre concreto –con su familia, su miedo y su inocencia posible– se extingue detrás de una abstracción: “el enemigo del pueblo”. -Anatole France interrumpe Winston– muestra así uno de los mecanismos más peligrosos del terror político: “La causa al ser declarada absolutamente buena, quien la cuestiona pasa a ser moralmente sospechoso; el adversario deja de ser un ciudadano equivocado y se convierte en enemigo; la crueldad se presenta como deber; la compasión se denuncia como complicidad; y finalmente, la violencia ya no necesita pruebas ya que se basta de la pureza ideológica de quien acusa”. El Sisimite agrega: -La novela “no sostiene que los ideales de libertad e igualdad sean falsos, solo deja sentada la advertencia que ningún ideal vuelve virtuosos automáticamente a quienes dicen defenderlo, ni legitima la suspensión permanente del bien y de la justicia”. El sol desaparecía lento escondiendo su resplandeciente rostro en las faldas del lejano horizonte. El cielo se vestía de oro, rojo y violeta apagándose en silencio con un adiós tibio antes de que cayera la noche. Winston bosteza: ¿Ves alguna coincidencia con realidades actuales en estos pintorescos paisajes acabados? Otro día continuamos.

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