LLEGÓ Winston admirando el lienzo. La vertical arquitectura de los pinos se alzaba bajo un cielo rasgado por sus copas, proyectando un tapiz de luces y sombras bailando sobre la hojarasca dorada. El Sisimite. -¿No me digás que seguimos con “la maleta” del tal Gatopardo? -Es que la miniserie que me fumé el fin de semana es otra muestra del deterioro de esta sociedad. Del hatajo de ignorantes que nada leen; se conforman con el entretenimiento digital –aunque la narración sea mochada y quede tunco el mensaje del autor y a medio palo el verdadero desenlace que muestra qué ocurrió con el mundo que deja el Gatopardo– que ni por asomo es lo mismo que leer el libro. El lapidario vaticinio del príncipe: “Todo esto no tendría que durar, pero durará siempre… Y luego será distinto, pero peor”. La película ni siquiera muestra lo que para el autor es de enorme fuerza simbólica: La muerte del chucho embalsamado, cuando Concetta dispone de él tirándolo por la venta: “En el último instante ocurre una memorable imagen de la literatura italiana: Durante la caída, la figura del perro pareció recomponerse por un instante… Luego todo encontró reposo en un montón de polvo lívido”.
Esa observación que “Bendicó quizás sea la clave de la historia”, no aparece dentro de la novela, sino en una carta privada que Giuseppe Tomasi di Lampedusa envió al barón Enrico Merlo di Tagliavia en 1957, pocos meses antes de morir. Le remitió el que era el único ejemplar mecanografiado de El Gatopardo para que lo leyera cuidadosamente. Le explica qué personajes corresponden a personas reales de su familia y de la aristocracia siciliana, y le advierte que muchas cosas en la novela están apenas insinuadas. Lo más significativo es que en el reverso del sobre, escribió una nota manuscrita destinada a orientar la lectura de su amigo: “Fai attenzione: il cane Bendicò è un personaggio importantissimo ed è quasi la chiave del romanzo”. Traducción: “Presta atención: el perro Bendicò es un personaje importantísimo y es casi la clave de la novela”. Esta anotación permaneció desconocida durante años y solo tuvo relevancia con la publicación de esas cartas. Desde entonces, la crítica dejó de considerar a Bendicò como un simple perro doméstico de compañía y empezó a verlo como una de las grandes claves simbólicas del libro. Bendicò hace algo que ningún otro personaje consigue: Abre la novela, irrumpiendo al terminar el rezo del rosario; acompaña al príncipe Fabrizio durante toda su vida; sobrevive simbólicamente a su muerte mediante el cuerpo embalsamado; y cierra la novela, cuando Concetta ordena arrojarlo por la ventana. Es el primer y último gran símbolo. Bendicò representa simultáneamente: al propio príncipe Fabrizio (su alter ego); la casa de los Salina; la aristocracia siciliana; la memoria; la fidelidad; y, finalmente, la desaparición irreversible de un mundo entero. Lampedusa le explica que muchos personajes tienen modelos reales –su bisabuelo para el príncipe, conocidos de la familia para Tancredi, Sedàra y otros–, pero solo respecto de Bendicò añade: “es casi la clave del libro”.
Puede decirse que Tancredi aporta la frase más conocida de la novela (“Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”), pero Bendicò aporta su significado más profundo. Tancredi resume una estrategia política; el destino de Bendicò muestra el desenlace de esa estrategia. Al final, lo que parecía conservarse termina carcomido por el tiempo y reducido a polvo. Esa es la verdadera ironía de Il Gatopardo. La enseñanza de plena vigencia a propósito de la “maleta”: ninguna arquitectura institucional se preserva por el simple expediente de reformar leyes a conveniencia, una y otra vez. El maquillaje normativo puede producir la ilusión de renovación, pero el deterioro continúa por debajo de la superficie. Las instituciones no se sostienen por el papel en que están escritas sus normas, sino por las virtudes cívicas de quienes las encarnan. Cuando se pretende una fácil solución, con apangadas, cambiando únicamente las reglas, mientras permanecen intactas las conductas que las vulneran, se incurre en el viejo “gatopardismo”: aparentar transformación para evitar el cambio esencial. La verdadera reforma comienza donde siempre ha sido más difícil: proteger la integridad, en el adecentamiento de la política, el cumplimiento de la ley y la responsabilidad de quienes ejercen el poder. Solo así las instituciones dejan de ser una fachada y recuperan la solidez que ninguna reforma cosmética puede sustituir.


