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domingo, julio 19, 2026

Aceptar la derrota para conservar el control

Por Rodrigo Amador

Usted puede celebrar, indignarse o desconfiar. Pero si algo debería preocuparle por encima de cualquier camiseta partidaria es que en Honduras se está volviendo normal que el poder intente “cerrar” una elección por declaración, por presión o por narrativa, aunque el órgano electoral todavía no haya terminado de hacer su trabajo y cuando esa costumbre se instala, la democracia deja de ser un sistema de reglas y pasa a ser un pulso entre grupos de poder.

Después de las elecciones, el país entró en una etapa poselectoral tensa: el Consejo Nacional Electoral (CNE) anunció un escrutinio especial para revisar 2,773 actas con inconsistencias, alrededor del 15% del total, y el resultado definitivo aún podría cambiar.

En ese escenario, Manuel Zelaya declaró públicamente que, según su conteo acta por acta, Salvador Nasralla “gana la presidencia”, lo que implica aceptar la derrota de la candidata de Libre, Rixi Moncada. Hasta aquí, alguien podría decir: “Bueno, es transparencia; están reconociendo lo que ven”.

Pero el problema no es el reconocimiento en sí. El problema es quién lo hace, cuándo lo hace y para qué lo hace. En una democracia funcional, el reconocimiento de un candidato o de un líder partidario puede ser un gesto político; pero la validación de resultados es un acto institucional.

Cuando un actor de poder “declara” un ganador mientras el proceso oficial sigue abierto, el mensaje que se manda es peligroso: el árbitro estorba; lo que importa es quién impone el relato y usted sabe cómo termina esa película en Honduras: con sospecha permanente, con gente que cree que todo es trampa, con instituciones debilitadas y con gobiernos que nacen discutidos desde el día uno.

Cuando usted aplaude que “el mío” presione, intimide, declare o manipule el proceso, está firmando un cheque en blanco para que ese mismo método se use después contra usted. La democracia no se defiende cuando le conviene; se defiende cuando incomoda y Honduras necesita ciudadanos más difíciles de engañar: gente que exija pruebas, procedimientos, transparencia y tiempos claros, sin dejarse arrastrar por gritos de victoria anticipada o por teorías fabricadas para incendiar a la gente.

Un gobierno que llega con el país partido en dos —o en tres—, y con la mitad convencida de que todo fue arreglado, gobierna mal aunque tenga buenas intenciones. Y cuando el sistema se acostumbra a la pelea eterna por el resultado, se paraliza lo esencial: empleo, inversión, seguridad, educación. Yo sospecho —y lo planteo como hipótesis política, no como “hecho probado”— que el reconocimiento de Zelaya a Nasralla puede tener otra lectura: Mel entiende que no hay margen real para hacer ganar a Rixi, y entonces decide moverse a donde el poder todavía puede administrarse.

¿Por qué? Porque Nasralla, históricamente, ha mostrado una trayectoria política cambiante, con alianzas y rupturas que lo han dejado muchas veces sin una estructura sólida propia y un líder sin estructura disciplinada, sin partido orgánico fuerte y sin músculo territorial firme, puede terminar siendo más vulnerable a la influencia de quienes sí controlan redes, operadores, bases y narrativa.

Un presidente puede ocupar la silla, pero el poder real puede operar desde otra parte. “Salvador a la presidencia y Mel al poder” no es una frase elegante, pero describe un riesgo: el de una presidencia débil, administrada por acuerdos, presiones o “protecciones” negociadas. Si esto es así, el reconocimiento no sería un acto de madurez democrática: sería una reubicación estratégica para mantener control e impunidad, y para asegurarse de que el próximo gobierno “no moleste” donde no debe.

Usted no tiene que amar al CNE, ni confiar ciegamente en ningún partido. Pero sí tiene que exigir una cosa: que la democracia sea un método, no una apuesta. La pregunta no es solo quién gana. La pregunta es si Honduras acepta que se gane respetando reglas, o si vamos a seguir normalizando que las elecciones se definan por presión, por narrativa y por pactos. Porque si el país acepta esa lógica, el ganador cambia… pero la derrota siempre es suya.

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