domingo, 5 febrero 2023

La Nueva Corte Suprema de Justicia

Me gustan los cínicos. Entre más viejo me hago, más me siento atraído por esa escuela filosófica.

Conocían realmente la naturaleza humana, los motivos que la impulsan y con base a los cuales construyen sus relaciones con los demás. El juego eterno de intereses que cuando se mezclan dibujan las situaciones y las explican. Con esos fundamentos los cínicos eran sumamente prácticos, no se hacían ilusiones de grandes cambios, porque la naturaleza se impone.

Ortega y Gassets con su famosa máxima “yo soy yo y mis circunstancias”, nos daba una clara luz de lo que cada quien es y por qué, dando como resultado el perfil de cada quien: lo que se puede espera y lo que no.

Tomando en cuenta lo anterior no me hago ningún tipo de ilusiones sobre la nueva Corte Suprema de Justicia, en lo absoluto.

Mi papá me decía sobre Italia (vivió muchos años allá), que era un país con una clase política muy corrupta, aparte de sus relaciones con la mafia y el crimen organizado, pero que si en algo tenían los italianos puesta su completa confianza era en los jueces. La administración de justicia era el valladar en el cual los sinvergüenzas se daban de narices. Los jueces, en su inmensa mayoría, no solo son juristas en el sentido amplio, sino que además con una ética férrea. Por eso recurren a asesinarlos, como los famosos casos de los magistrados Falcone y Borselino. ¿Se han dado cuenta que acá no matan a jueces? ¡Gracias a la misericordia de Dios!

Me comentaba también que el mayor tratamiento que se lo podía dar a lo que llamamos acá catedrático, era decirle: “professore”. Porque implicaba una larga trayectoria que lo explico con la siguiente anécdota. Un expositor español en ocasión a una disertación sobre derecho a la cual yo asistí contó esto: “Una vez dando clases a un grupo de abogados les comenté que tenía un libro que me gustaría poder compartirlo con los catedráticos que estuvieran presentes. Muchos levantaron la mano rápidamente y yo le pregunté a cada uno: ‘¿Es catedrático? ¿Qué cátedra imparte?’. Todos contestaban hinchando el pecho. Al final les dije, bueno, yo les presto el libro, pero está en alemán. Ya nadie pidió el libro”.

Acá les llamamos catedrático a cualquiera que se pone frente a un grupo de estudiantes universitarios y quizá no tenga ni la mínima idea de pedagogía y, mucho menos, sea un “professore”. En Italia, al menos, me comentaba mi papá, un catedrático para ingresar a las aulas de la universidad, debe haber escrito 10 libros sobre su materia, preferible si uno de ellos es un tratado. Haber escrito no menos de 100 publicaciones en revistas de derecho y, además, haber conducido investigaciones sobre algún punto específico sobre la rama del derecho sobre la cual se dice especialista; sin duda tener posgrados y algún doctorado. ¡Ah! Y hablar varios idiomas, entre ellos, el alemán, ya que es el idioma de las principales corrientes del pensamiento jurídico del mundo.

Y en cuanto a su reputación, sin duda alguna, haber llevado una vida intachable, tanto pública como privada. Es decir, ni siquiera le pide fiado a la pulpera o al mercadito del barrio.

Ahora, volviendo al tema que nos ocupa. Cuando salieron a la luz las hojas de vida de los aspirantes, la mayoría no tiene ni siquiera un posgrado, y ni se diga que haya escrito un libro, bueno, ni tan siquiera artículos jurídicos. Son muy pocos, pero eso sí, la mayoría se llama “catedrático”.

Sabemos que nadie los prepara para ello, lo hacen por amor al arte o para que aparezca en el CV o por otras razones, y muchas veces no entran por concursos, sino por el “palancazo” de un amigo o recomendación del partido.

Esa es la calidad de aspirantes que tenemos.

Si todo eso fuera poco, me pregunto: ¿En qué ha cambiado la clase política nuestra como para esperar que a los que elijan se someterán únicamente a la Constitución y las leyes? ¿Qué pacto de nación se ha firmado para comprender y comprometerse a no elegirlos por razones políticas? Respuestas: en nada y ninguno, respectivamente.

El partido Libre es uno más de los mismos, está lleno de personas que tienen años de bregar en los mares sucios de la política aldeana y tercermundista y, además, el pueblo no le dio la mayoría que necesita. Tendrá que negociar, a menos que quiera dar un golpe de Estado técnico votando con suplentes, así como hizo para elegir la Junta Directiva del Congreso Nacional.

Honduras tendrá un máximo tribunal de justicia igual a los que ha venido teniendo hasta ahora. No se hagan ilusiones.

¿Cínico? No. ¡Realista!

Por Carlos Alvarenga, abogado.

 

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