miércoles, 8 febrero 2023

CUADRANDO EL CÍRCULO: Crónica de un retorno anormal

Un día después de concluido el simulacro anual de paz y amor, volvió a lo de siempre, a ser normal o anormal, así, enfurecido deshizo en la pared de la casa de la suegra nueva, el celular que la novia vieja le había enviado desde el otro lado del océano para hablarle siempre, pero sin llamarlo nunca.

Había dormido poco, bebido mucho y comido hasta vaciarse a cada rato. Tenía 45 febreros de edad cansada, y aseveraba que desde su nacimiento se extenuaba por tanto descansar.

En el inicio del nuevo año y previo al principio del retorno, se bañó copiosamente, casi hasta raspar con un paste su epidermis. Había perdido los sentidos del gusto y del olfato desde el último brote del coronavirus, y aunque se impregnaba de loción, se sentía como perro pútrido, apestoso, y depresivo oraba mucho por la vida, pero solo le daban ganas de morir.

Salió del baño y se envolvió en una toalla, regalo de su mamá en su cumpleaños, la trajo de Guatemala y como para no dejar duda de su procedencia tenía impreso un enorme quetzal, que casi se desprende y vuela del cimbronazo cuando descalzo resbaló en el piso, tropezó en un sillón y se dislocó el dedo gordo del pie izquierdo. Mal principio de año y una paradoja eso, se trata de iniciar el día bien y con el pie derecho.

Aulló del dolor, igual a un rottweiler -perro satanizado que bautizaron con el nombre de un santo-, al que bateó con un leño de roble la primera vez que visitó a la novia, cuando “efusivamente” lo quiso saludar intentando arrancarle un brazo de una tarascada.

Tras la caída no quiso agarrar consejo de un sobador que le quiso trastear el pie doliente y a falta de médicos en aquel arrabal prefirió ir donde un veterinario que lo curó con una vacuna para vacas.

Fea costumbre la de caerse y tropezar, casi hábito, pues casualmente en diciembre de diferentes años se torció los tobillos, se le dislocaron las rodillas, tenía partidos la mano y un brazo, y cuando hablaba se le quebraba la voz.

Abundaban los perros en esa casa y escaseaban los nombres para esa manada de la que destacaban dos “fieras” taimadas de Chihuahua, a las que solo por el gusto de joder llamaban “Hunter” y “Killer”.

Tenía por pareja a una morena enjundiosa, pechugona y nalgona, más azucarada que un bizcocho, y que se esmeraba en endulzar con cariño a su amargado, amor casi mortal para aquel diabético.

Al meridiano occidental y con rumbo al norte se despidió de la suegra quien le habló de su heredad de tierras y de aquel montón de caninos y así pensó que el 2023 inició prometedor y ante lo que creyó era una oferta le aseguró que amaba a su hija, y la señora sonrió quizás creyendo, pero su mirada decía lo contrario.

Con más sinceridad de afectos y efusividad de caricias y abrazos se despidió de la nonagenaria madre jubilada y se fue con su compañera de viaje; media hora después al llegar al rio Higuito, la vida casi se hace muerte porque ella, por hablar mucho -cosa rara, es sarcasmo-, manejar, ‘textear’ y buscar algo en el piso, casi se siembra en aquel puente medio reparado tras el último huracán.

Entre bromas y tertulias sin sentido mientras devoraban kilómetros también viajaban en el dial, así, antes de llegar a Santa Rosa de Copán, uno de esos locutores improvisados, cipotes que en lugar de estudiar prefieren parlar ante un micrófono, con una perla del mercadeo y cual vendedor de lo imposible anunciaba una funeraria en donde venden ataúdes tan bonitos y cómodos que hasta ganas de morirse dan.

Y así iban, a menos, hasta que el viaje de cuatro horas por la carretera de Occidente resultaría en seis, consecuencia de la ingesta desmesurada de tamales, licores, cerdo y cualquier animal horneado que produjo los resabios del intestino con intempestivas paradas en matorrales, con más “caídas” que las del viacrucis en El Gólgota.

Había que entrar a El Vivistorio, Copán, donde su papá, viejo bien amado a quien ella miraba poco, casi nunca, pero que extrañaba siempre. Más que padre e hija parecían gemelos, eran casi idénticos, hasta para reírse. A aquel ingeniero jubilado que tuvo de todo y ahora aseguraba no tener nada, quisieron llevarle un escocés fino para que le curara el alma y al no encontrar optaron por llevarle “oxobron” para que le sanara la casi neumonía que se cargaba.

Tras una cena anticipada en Chiquila, más adelante, en “La Cabaña”, ya en Santa Bárbara, dos mujeres en cuerpo de hombre, en esa vanidad característica de ellas o ellos, se fotografiaban en una bacinica cuatrimotor, y por turnos mirando a otro lado, modelaban ante el celular y abrían sus blusas o camisas para mostrar sus chichitas de perras paridas, quizás para embaucar en pleno día al más ingenuo de los incautos.

Después, en La Flecha, otro esperpento multicolor, cual palillona septembrina, se desplazaba contoneando sus posaderas, casi bailando al cruzar la calle, mientras era observado fijamente por un aborigen de mirada sórdida, con deseo animal y de bigote de tres pelos parados y afilados cual arma blanca que, movido por el viento o por el guaro, cual arma de fuego pesado se enfundaba una pacha calibre dos litros.

Llegando a El Virrey, la construcción de un motel fue motivo de un breve, pero intenso, debate entre el dúo viajero. Ella decía que los negocios de estancos, chiviadas y lupanares son malos porque detrás de eso está Lucifer, y él lapidario zanjó la polémica al afirmar con tono sacramental: “No importa porque en los moteles la gente se ama y donde hay amor está Dios y así en esos negocios la gente se puede morir feliz”.

Ajá, pujó ella y tras breve meditación añadió: “Renunciaré de la docencia y pondré un burdel, al fin de cuentas de educar nadie se hace rico a menos que sea dirigente magisterial, presidente, diputado o ministro”.

Con la llegada al destino también llegó la oscuridad nocturna y la posibilidad de impactar con un “cabeza de ñonga que no bajó las luces”, puteó ella, y que al final del viaje casi les arruina el comienzo del 2023.

Herbert Rivera Cáceres
[email protected]

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