CUADRANDO EL CÍRCULO: El sueño fracasado

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Herbert Rivera C.
herbertriveca@gmail.com 

Madrugada del 15 de septiembre de 1986. Las Tapias, Francisco Morazán, Academia Militar “General Francisco Morazán”, cansado me desvelaba, no obstante, estaba alegre, casi feliz por mi participación en pocas horas en la celebración del cumpleaños de la patria.

Pletórico, acicalaba mi uniforme de cadete, limpiaba mi chacó y su plumero, hacía brillar botones, chapetones y dejaba como espejos mis botines; pulía además mi fusil M14 y también limpiaba con especial esmero aquel espadín alemán con la aleccionadora inscripción: “No me desenvaines sin motivo ni me envaines sin honor”.

Con todo eso y con mi emoción a mil, a las 5:00 de la mañana estábamos en la vieja Casa Presidencial y a las 6:00 haciendo guardia en la estatua del Patricio de la Unión Centroamericana, en el parque central de Tegucigalpa.

36 años han transcurrido desde entonces y solo recuerdos quedan y también la frustración porque, aunque desde hace 180 años, a pesar de su muerte el 15 de septiembre de 1842, Morazán aún cabalga en la patria suya y nuestra, las cosas lejos de mejorar empeoran.

Y es que en lugar de liberarnos, los frustrados e inútiles esfuerzos y avances por vivir mejor nos siguen encadenando o esclavizando, sumado al atraso impuesto por élites y una clase política corrupta en 1821 y ahora, y eso además de patético y deplorable, resulta trágico pues desde hace 201 años el sueño de independizarnos del dominio español está frustrado porque las cadenas que nos atan y nos postran son otras, más pesadas y consecuentemente más dañinas.

Más de dos siglos después de la independencia, igual que entonces o quizás peor -porque no éramos tantos y los problemas eran menos y de otro tipo-, Honduras sigue con deficientes sistemas de educación y salud, la pobreza afecta a casi el 80% de sus más de 9 millones de habitantes afectados por calamidades naturales y contagiados o muertos por la pandemia de COVID-19.

Luego de regímenes militares igual de corruptos como los de quienes los sucedieron después de 1982, en la tierna democracia de 40 años, la nación ha sido rebasada por índices de pobreza y desempleo siempre al alza, además por el narcotráfico que ha impuesto a quienes  han dirigido el país, mientras el lastre nos hunde más por la violencia, la criminalidad, y el descrédito de las instituciones públicas y quienes las dirigen y, fundamentalmente por la carencia de líderes auténticos y estadistas que conciban y concreten las condiciones para vivir mejor en un país sumido en una crisis política y social desde 2009.

Con todo eso y seguramente, como muchos otros, he entendido que no se puede honrar a la patria cuando se le mancilla siempre, que por mucho que se publicite no hay independencia cuando la soberanía se mercadea como trapo viejo, que tampoco sus ciudadanos son libres si continúan siendo esclavos de sus prejuicios, atados a sus resabios por la soberbia de creer que sus creencias son verdades inapelables y que por ello se debe castigar a quien piensa o actúa diferente.

El pecado más grande e imperdonable de una sociedad inútil para romper sus ataduras es y ha sido su incapacidad para liberarse del lastre de la corrupción y librarse también de sus promotores, que niegan su independencia como país y como individuos.

En su magistral libro “La Riqueza de las Naciones”, considerado documento fundador de la economía clásica, Adam Smith, plantea la necesidad de un sistema de libertad natural resultado del libre ejercicio del interés individual que beneficie al bien común en la solución de problemas y la satisfacción de sus necesidades.

Por ello entonces y habida cuenta que el principal bien o activo de una nación es su ciudadanía, más que refundar el país se requiere construir un nuevo individuo que, además de edificarse con sus decisiones y acciones erija un Estado hacedor de un pacto social y un bienestar colectivo dirigido por sus mejores ciudadanos.

De esa manera, creo que la magnitud del amor a la patria es idéntica en la medida de la independencia y la libertad del individuo, y es paralela al tamaño de sus obras en razón del tesón y la voluntad de cada ciudadano para engrandecer el terruño heredado de los padres fundadores, y en función de la construcción de esa patria grande volvernos orgullosos de ser hondureños.

Para intentar alcanzar alguna independencia, opino que es fundamental la capacidad de redimirnos de nuestras fallas y errores para fortalecer nuestra identidad como hondureños con iguales responsabilidades y derechos, reales más allá de las utopías establecidas en la ley y de los promulgadas por la ideología y la demagogia.

Así las cosas, la razón parece haberle asistido al filósofo austriaco Viktor Frankl, fundador del análisis existencial y quien arguyó: “Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”.

 

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