“¿DE ahí –mensaje del exmagistrado amigo– usted consagra y le da vida al Sisimite y a Winston? ¡Será esa la verdadera historia de sus personajes? ¿O será la de don Oscar cuando entierra su mascota en el jardín de la casa?”. (Qué buena reflexión –resuellan Winston y el Sisimite– como para un editorial).
– “No me enganche –responde– mejor cuente de dónde nacen sus personajes; me ha gustado El Gatopardo nunca lo había escuchado”. Así que lo prometido es lo cumplido. En consulta con la IA: “Fin de Todo; y Lampedusa describe su final como un “montoncito de polvo lívido”.
“Ese gesto no es anecdótico: es el último acto de demolición del pasado”. Pero hay un cuento del escritor Oscar A. Flores de la mascota de sus hijos, Whisky, que ofrece otro ángulo sobre lo definitivo. Dale al colectivo un contraste sobre la cita de Lampedusa y el fragmento del cuento del escritor hondureño: “Murió en el mismo sitio donde 24 horas antes había caído su novia, la dulce y amorosa Canela. ¿Fue un suicidio? No lo sé. Pues si es difícil escrutar el alma de los hombres más difícil aún es escrutar el alma de los animales.
A Whisky lo enterré en el jardín. Tiempo después, en el agujero más o menos profundo donde deposité su cadáver, sembré un injerto de rosa. De todos los rosales que hay en mi jardín el único que se mantiene permanentemente florecido es el que planté en el mismo espacio que le sirve de tumba a Whisky. Son unas rosas blancas, de las denominadas mármol, que en las mañanas dan la impresión de ser de cristal gracias al milagro del rocío que les cae de noche…”.
“El contraste entre Bendicò y Whisky no es solo literario: es metafísico. Son dos maneras radicalmente distintas de pensar la muerte, el tiempo y la memoria. Bendicò: la muerte como disolución absoluta: En El Gatopardo el gesto final –el perro reducido a un “montoncito de polvo lívido”– es una escena terminal del mundo.
Ahí ocurre algo muy preciso: No hay trascendencia, no hay regeneración. No hay continuidad simbólica. (Bendicò, que fue compañía, espejo, interlocutor silencioso del Príncipe, termina en la basura. No en un cementerio, no en la tierra fértil, no en la memoria viva, sino en el desperdicio)”.
“Filosóficamente, Lampedusa afirma: “El tiempo no transforma: borra; la historia no recicla: consume”. El pasado aristocrático no deja semillas; deja residuos. Whisky, en cambio, la muerte como metamorfosis silenciosa: El cuento de Oscar A. Flores Midence propone lo opuesto, pero sin ingenuidad ni consuelo fácil.
Whisky muere –quizá por amor, quizá por pura coincidencia trágica– y el narrador no fuerza una explicación. Hay una humildad radical: “Si es difícil escrutar el alma de los hombres, más difícil aún es escrutar el alma de los animales”. “Ese “no lo sé” es clave: no hay ideología, no hay tesis, no hay sistema. Solo misterio”.
“Pero luego ocurre el gesto decisivo: El cuerpo no se desecha, no se embalsama, no se conserva artificialmente; se entierra, y de ese lugar surge algo vivo. No es inmortalidad, es continuidad transformada”.
“Polvo vs. tierra: dos ontologías: Aquí está el núcleo filosófico del contraste. En Lampedusa el cuerpo pasa a ser polvo estéril; el polvo es nada; la memoria como ironía final. (La muerte confirma que todo fue vano, incluso la lucidez). En Flores Midence: El cuerpo va a la tierra, de la tierra a la flor y la flor es la belleza reiterada. (No se niega la muerte; se la integra. Las rosas blancas “mármol” no resucitan a Whisky, pero lo traducen)”.
“La belleza como respuesta al fin: Hay algo profundamente distinto en la actitud ante el tiempo. Lampedusa mira el tiempo histórico: imperios, clases, linajes, ruinas. Flores Midence mira el tiempo vital: afecto, duelo, naturaleza, ciclo. (En El Gatopardo, la belleza es nostalgia. En el cuento de Whisky, la belleza es presencia).
El rocío que hace parecer de cristal a las rosas no es símbolo de eternidad, sino de instante: cada mañana ocurre, y cada mañana se pierde. Esa es una sabiduría distinta: No vencer al tiempo, convivir con él. Dos verdades que no se contradicen: No es que uno tenga razón y el otro no. Lampedusa dice una verdad histórica: las civilizaciones mueren y no dejan herederos.
Flores Midence dice una verdad humana: el amor, incluso perdido, puede florecer de otra forma. Bendicò muere en un mundo que ya no cree en la continuidad. Whisky muere en un jardín donde aún es posible sembrar”.
(Diríamos entonces –tercia el Sisimite– si Bendicò nos enseña que todo termina, Whisky nos enseña que no todo se desperdicia. Uno es el final de una época. El otro es la persistencia íntima del sentido. -¿Y no te parece –filosofa Winston– que quizás haya una última diferencia? En Lampedusa, el mundo ya ha dejado de amar.
En don Oscar, alguien todavía ama lo suficiente como para enterrar con cuidado. “Los dos relatos dialogan en silencio: uno clausura un mundo; el otro se niega a clausurar el afecto. Y en esa negativa humilde –enterrar, sembrar, mirar cada mañana el rocío– hay una forma muy seria de filosofía, quizá la más diáfana”).


