Por Irazema Ramos

“Vístete despacio, porque tienes prisa”. Este refrán, atribuido popularmente a la sabiduría antigua, parece una contradicción en sí mismo. ¿Cómo puede tener sentido ir más lento cuando sentimos que el tiempo se nos viene encima? Dicha frase se relaciona con el emperador Augusto y su frase “Festina lente” (“Apresúrate lentamente”) y también se ha atribuido a Napoleón Bonaparte, quien se lo dijo a su ayudante al vestirlo, vísteme despacio, que estoy apresurado.
Ahora bien, desde la psicología moderna, esta frase encierra una verdad profunda sobre cómo funciona nuestra mente bajo presión y por qué la prisa suele ser una mala consejera. Cuando sentimos urgencia, nuestro cerebro entra en lo que la neurociencia llama modo amenaza. El sistema nervioso simpático se activa, aumenta el cortisol (la hormona del estrés) y nuestra atención se estrecha.
Este mecanismo fue muy útil para sobrevivir en contextos de peligro, pero no tanto para responder correos, tomar decisiones importantes o resolver problemas complejos. Bajo prisa, pensamos menos, reaccionamos más y cometemos errores con mayor facilidad. La psicología cognitiva ha demostrado que cuando intentamos hacer las cosas rápido, reducimos la calidad del procesamiento mental.
Daniel Kahneman lo explica con sus famosos Sistema 1 y Sistema 2. El primero es rápido, automático e impulsivo; el segundo es lento, reflexivo y analítico. La prisa empuja casi siempre al Sistema 1 a tomar el control, lo que nos lleva a tomar decisiones apresuradas, malentendidos, descuidos y, muchas veces, la necesidad de repetir el trabajo que queríamos terminar rápido.
Aquí aparece la paradoja del refrán: ir despacio, en realidad, nos hace llegar antes. Tomarnos unos minutos para organizarnos, respirar o revisar lo que estamos haciendo reduce la probabilidad de errores que luego nos cuestan más tiempo, energía y frustración.
Por ejemplo, durante una crisis de pánico o de ansiedad, la persona suele experimentar una urgencia intensa por “quitarse los síntomas ya”: dejar de sentir taquicardia, mareo, falta de aire o miedo a perder el control. Esa prisa por escapar de la incómoda experiencia, aunque completamente comprensible, suele alimentar el problema.
Desde el punto de vista fisiológico, la ansiedad es una activación del sistema nervioso simpático. Cuando el que lo sufre, se apresura por “calmarse”, envía al cerebro un mensaje implícito muy potente: “esto que está pasando es peligroso y debe desaparecer inmediatamente”.
Ese mensaje refuerza el circuito del miedo y mantiene la activación. Es decir, cuanta más prisa hay por bajar los síntomas, más se prolongan. Aquí el refrán cobra todo su sentido clínico: “vístete despacio, porque tienes prisa”. En el pánico, ir despacio no es rendirse, es regular.
Intervenciones que parecen “lentas”, como respirar de forma consciente, observar las sensaciones sin luchar contra ellas, o permitir que la activación suba y baje, son precisamente las que ayudan al sistema nervioso a salir del modo amenaza. Practicar la calma, aunque sea de forma intencional y breve, devuelve al cerebro la sensación de control.
Además, la prisa crónica afecta nuestro bienestar emocional. Vivir acelerados aumenta la ansiedad, reduce la satisfacción y nos desconecta del presente. Estudios sobre mindfulness muestran que bajar el ritmo, incluso en tareas cotidianas, mejora la regulación emocional y la claridad mental.
No se trata de hacer menos, sino de hacer mejor. “Vístete despacio” no significa volverte lento o improductivo. Significa ser estratégico, es elegir conscientemente el ritmo adecuado para cada situación.
Cuando bajamos un poco el ritmo, pensamos mejor, sentimos con más claridad y actuamos con mayor atención e intención. En un mundo que glorifica la velocidad, este refrán nos invita a rebelarnos con pausa, a recordar que no todo lo urgente es importante y que, muchas veces, el verdadero ahorro de tiempo empieza con un momento de calma.
Si tienes algo por compartir con nosotros escríbenos en Facebook, Irazema Ramos- Psicología.



