Por: Otto Martín Wolf.

Mi computadora, mi adorada computadora, compañera de mucho tiempo, mejor dicho de gran parte de la vida, la que me ayuda a poner en el papel -o pantalla- cada idea, cada proyecto; la que nunca me ha abandonado, todo el tiempo decidida a auxiliarme, no dándole importancia a la hora del día o noche en que reclamo colaboración, ha empezado a tener un pequeño defecto.
Nada de verdad importante, funciona perfectamente, igual al primer día, pero me ha hecho percibir algo de lo que no tenía conocimiento. En el tablero, una letra en particular ha ido perdiendo color a fuerza de utilizarla, indicio inequívoco, prueba fehaciente e indudable de que la utilizo por encima de cualquiera otra. El dedo encargado de oprimirla conoce de memoria la ubicación, de manera que la falta de la letra identificadora en la tecla no me afecta en lo mínimo, para mi carece de importancia.
Pero, por razón de la grande y preferente utilización, aunque no ha indicado agotamiento, he decidido darle una vacación – corta por cierto- en el texto que usted ya termina de leer y en el cual no utilizo la letra a la que me refiero. Puede invertir el tiempo quiera en comprobarlo – releyendo el texto de nuevo- o tomar mi palabra como buena. Una pequeña vacación merecida por cierto, para ella, la letra S. ¿Verdad que no la encuentra por ninguna parte? Bien, esa vacación termina ya. Hace algunos años leí la historia de un hombre que le gustaba llevar la contraria en casi todo y que, entre todo lo que leía se encontró con que la letra C es la más utilizada. ¿Qué hizo? Escribió un libro entero sin utilizarla para nada. Hablando de excéntricos, un empresario norteamericano llamado Timothy Dexter (1747-1806) escribió un libro titulado “Verdades sencillas con un vestido casero”. Resulta que fue criticado por la mala puntuación (comas y puntos estaban mal colocados en el texto).
El libro tuvo un éxito relativo así que lanzaron una segunda edición en la cual Dexter no puso ninguna coma o punto en todo el texto si no que, al final, imprimieron dos o tres páginas cargadas de centenares de estos signos y dejó a los lectores encargados de ponerlas donde quisieran. La segunda edición se vendió aún más hasta que finalmente pasó de moda y asunto concluido.
Se da el caso también de una mujer llamada Hetty Green, era una avara excéntrica conocida como la “Bruja de Wall Street”. Gracias a su perspicacia para los negocios, acumuló tal riqueza que se convirtió en la mujer más rica del mundo. Para ahorrar dinero, Hetty trabajaba con baúles en su banco local para no tener que pagar alquiler. William Buckland, naturalista y geólogo norteamericano, dedicó gran parte de su vida a tratar de comer, al menos una vez, cada una de todas las especies del Reino Animal. Debido a sus relatos -comentó alguienla alta cocina jamás ha intentado jamás experimentar con topos y moscas azules, entre otros. “Tienen un sabor sumamente desagradable, casi imposible de tragar”.
Karl Bushby, un ex paracaidista británico, ha dedicado más de 27 años (desde 1998) a la “Expedición Goliath”, un intento de dar la vuelta al mundo caminando (más de 58.000 km) sin usar transporte motorizado. Comenzó en Chile y su objetivo es regresar a Inglaterra a pie, habiendo superado desafíos extremos.
¿Qué busca con eso? Obviamente volver a su casa, ¿por qué hacerlo de esa manera? Sólo en lo más profundo de su mente se podría encontrar una respuesta y, pienso yo, no sería del todo comprendida por nadie, creo que ni por él mismo. De alguna manera yo soy un excéntrico de primera. Hace más de medio siglo no tomo agua del tubo, embotellada o de ninguna clase. ¿Por qué? No lo sé, pero me he acostumbrado a ingerir los líquidos que mi cuerpo necesita diariamente para subsistir de frutas, bebidas preparadas como café y gaseosas. Puedo decir que el sabor del agua no me gusta y, para salir adelante de un solo a los que digan que el agua no tiene sabor, ¡claro que sí! Sabe a agua y ese sabor es desagradable para mi. Finalmente, siempre sobre el agua, aquellos de los “ocho vasos diarios de agua” tiene un origen equivocado y jamás comprobado científicamente.
Allá por 1970 autores como Frederick J. Stare y Margaret Mcwilliam, hablaron de los ocho vasos de agua necesarios y el asunto se convirtió en un mito que es creído y seguido por mucha gente hasta nuestro tiempo. ¿Cuánta agua necesita el cuerpo humano? Varía por persona, en mi caso no necesito agua, sólo líquidos; quizá para usted sea igual.



