Por: Otto Martín Wolf

Hoy, como tantas otras veces, me he sentado frente a la computadora dispuesto a escribir algo inteligente, profundo y memorable.
Naturalmente, no he logrado ninguna de las tres cosas. Ante mí apareció una página completamente en blanco.
La observé durante varios minutos. Ella me observó con una mezcla de reto e indiferencia. Debo reconocer que la página tenía mejores argumentos.
Los escritores llaman a esto “bloqueo creativo”, expresión elegante para describir la desagradable sensación de que todas las ideas han decidido mudarse sin dejar dirección.
Es un fenómeno curioso. El cerebro continúa funcionando normalmente para recordar deudas, errores cometidos hace veinte años y conversaciones vergonzosas de la adolescencia, pero se niega rotundamente a producir una sola idea útil.
¿De qué escribir? Decidí probar con Política, a ver qué sucede, ahí siempre hay material. La política es una mina muy profunda porque, a diferencia de las minas normales, cuanto más se excava menos aparece el tesoro y más abundan los agujeros.
Además, ofrece una ventaja extraordinaria: uno puede criticar a cualquier político sobre cualquier tema y, estadísticamente, siempre tendrá razón en algo.
Los políticos prometen seguridad. Luego llegan al gobierno. Y una vez instalados en cómodos despachos descubren que la inseguridad resulta mucho más interesante y menos preocupante vista desde una oficina con aire acondicionado.
Perfecto. Ya tenemos un tema. La inseguridad. Y otro. Los políticos.
Dos asuntos importantes obtenidos de una página donde no había absolutamente nada. Es casi agricultura intelectual.
La inseguridad produce víctimas y una buena cantidad de heridos. Y los heridos terminan buscando atención médica.
Aquí entra en escena el sistema hospitalario nacional, esa admirable institución donde casi siempre faltan medicamentos, equipos, personal, presupuesto y, en determinadas ocasiones, hasta hospitales.
Magnífico. Tres temas. Política, seguridad y salud. La página comienza a llenarse. De hecho, amenaza con reproducirse. Entonces surge una pregunta inevitable:
¿Por qué faltan tantas cosas? Ahí aparece la corrupción.
La corrupción es una especie de criatura mitológica extraordinaria, como el monstruo del Lago Ness.
Todos aseguran haberlo visto. Todos saben dónde vive. Todos conocen sus costumbres. Y, sin embargo, continúa paseando tranquilamente por todas partes como si fuera la mascota oficial del gobierno.
Gracias a ella los recursos, presupuestos y oportunidades desaparecen con una habilidad que haría llorar de envidia a los mejores magos del mundo. Ahora tenemos cuatro temas.
La página ya no parece tan vacía. Empieza a parecerse a una sesión parlamentaria. Sigamos. Si el dinero desaparece, tampoco alcanza para reparar carreteras.
Por eso nuestras calles poseen una geografía tan accidentada que algunos conductores utilizan aplicaciones de navegación para encontrar los baches y no el lugar donde se dirigen
Hay huecos tan viejos que deberían recibir pensión por antigüedad. Otros ya forman parte del patrimonio histórico nacional.



