YA que nosotros no tenemos Facebook, ni TikTok, ni Instagram, ni X, (por impertinencias, en legítima defensa, mejor las “Pildoritas” ya que los editoriales es para cosas de mayor peso), ni todo ese otro montón de babosadas –desgraciadamente mal empleadas por el inmenso universo de usuarios boca abiertas– que por culpa de algoritmos perniciosos instigadores de conflicto, odiosidad, falsedades para conseguir el mayor enganche de usufructo comercial, han venido a deshumanizar la humanidad; preferimos, capear la frívola divagación del indolente club de analfabetas del Siglo XXI que, aun sabiendo leer y escribir, nada leen y nada de ver escriben y, si lo hacen, es con pésima ortografía, malísima sintaxis, conspirando contra el abecedario y en imperdonable afrenta al lenguaje y al idioma, retrogradándose a la era rupestre de los petroglifos, compartiendo con la otra caterva de iletrados que tienen de contactos, sus estados de ánimo, no con palabras, sino con emojis y pichingos, en las aplicaciones de mensajería; como la insaciable sed de entretenimiento de adictos hipnotizados a sus chunches digitales, socializando –otro menosprecio a la cultura– la changoneta y el basural de las redes sociales; por lo que preferimos recurrir a la lectura de libros impresos, a la ilustración de obras de consulta y a sitios fiables de referencia y hasta meternos (reconociendo la bondad del mayor avance tecnológico de la historia, tanto de la comunicación como de acceso inmediato de la información con el pulso de un botón, si se usa apropiadamente) a escudriñar la inteligencia artificial, con la que se puede conversar y confrontar argumentos sin que se enoje, ofrecemos al colectivo, cortesía de algunos lectores, esta cápsula sobre el último grito en Europa en la educación:
“El país más tecnológico de Europa –lee la locución– acaba de gastar cien millones de dólares en comprar libros de papel para sus escuelas”. “Suecia era el laboratorio perfecto: país rico, hiperconectado, progresista”. “Hicieron lo que todos pensábamos que era el futuro: digitalizar la educación desde el jardín de infantes, cada chico con su “Tablet”, cada aula conectada y cada libro reemplazado por una pantalla”. “Si algún país iba a demostrar que la tecnología mejora el aprendizaje, era este. Sin embargo, y para sorpresa de todos, los resultados de comprensión lectora empezaron a caer”. “Las pruebas PISA mostraron algo que nadie esperaba: más horas de pantalla en la escuela no estaban generando mejores alumnos, sino peores. Los que menos pantalla usaban rendían un año y medio por encima de los más expuestos, y dos de cada tres estudiantes con laptop terminaban dedicando la mayor parte de la clase a cualquier cosa menos a aprender”. “¿Por qué pasa esto? Porque el cerebro no aprende igual en una pantalla que en papel”. “Un estudio con 256 sensores cerebrales midió qué pasa cuando escribís a mano versus cuando tipeás: escribir a mano activa al mismo tiempo redes de memoria, visión y procesamiento motor”. “Todo encendiéndose junto”. “Tipear no genera prácticamente nada de eso”. “La fricción de trazar cada letra es justamente lo que fuerza al cerebro a consolidar lo que aprende”.
“Suecia escuchó la evidencia: el Instituto Karolinska –el que decide el Nobel de Medicina– declaró que las pantallas perjudican el aprendizaje”. “El gobierno eliminó dispositivos para menores de seis años, prohibió celulares en toda la jornada escolar y destinó cien millones de dólares a volver a los libros”. “Mientras tanto, Estados Unidos gasta treinta mil millones al año en más dispositivos como laptops y “tablets”, a pesar de que las encuestas indican que distraen incluso más que los celulares”. “La generación con mayor acceso a conocimiento de la historia es la primera que sabe menos que la anterior”. “La tecnología es maravillosa: aprendamos a usarla cuando suma, y no simplemente porque está de moda”. (¿Y ves? –tercia el Sisimite– Sobre lo que hemos venido insistiendo repetidamente, en los editoriales y la mera esencia de lo que advierte el autor de los libros KAIROS y AURUM”. Como que allá en Europa leyeron los editoriales y los libros. -Se confirma –ironiza Winston– lo dicho por el Redentor: “nadie es profeta en su tierra”)


