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domingo, julio 19, 2026

¿Triste criatura?

LA neblina iniciaba su temprano descenso aquella tarde, como si la montaña se cubriera el rostro con un delgado velo traslúcido y grisáceo para escuchar sin ser vista. Los pinos, altos, imponentes, acariciados por el mecido vaivén de los vientos anabáticos. El susurro grave y arrullador del aire soplando las acículas finas y alargadas de sus ramas –entre el psiturismo intermitente y recesos de silencio– guardaba un rumor antiguo que solo oyen quienes suelen caminar despacio. Por la vereda húmeda subía Winston, pequeño, altivo, con paso quieto para no interrumpir las armónicas notas de la sinfonía silvestre. Atrás quedaba la ciudad del ruido, de las pantallas, de la prisa de los majes adictos a sus chunches digitales que si ya no miran de frente –para platicar cara a cara– menos que despeguen sus ojos de la adicción a contemplar el divino prodigio de los cielos. El Sisimite al verlo llegar, como adivinándolo, lo acogió con ternura antigua: “Han estado ocupados allá por tu casa –intuyó el Sisimite– ya leí, el padre que no defiende a sus hijos de mitómanos malagradecidos, no es padre. ¿Venís otra vez con los Therian? -Ni modo –suspiró Winston– vos que por ser historia sabés tantas historias, contate aquel susto que pasamos:

En la ladera donde termina el fresco verdor de la montaña y comienza el reseco pavimento de la ciudad, una de tantas noches, si te acordás, encontramos a aquel muchacho sentado frente a una pantalla luminosa. El brillo azul le dibujaba en el rostro la silueta de un lobo. -¿No estaba cazando? -susurró. -No –respondió el Sisimite–. Estaba buscando. El joven llevaba en el cuello un collar con colmillos de plástico. En la pantalla, su perfil decía: “Soy lobo por dentro”. De pronto alzó la vista, sorprendido de que un Yorkie hablara. -¿Ustedes quiénes son? -Yo soy Winston –respondió con ansiosa curiosidad sobre la naturaleza de la conversación–. Y él es la mitología viviente que recuerda lo que ya todos olvidamos. -¿Por qué lobo? -le preguntamos. El muchacho no dudó en responder. -Porque el lobo es fuerte. Porque no necesita fingir. Porque cuida su manada. Porque no traiciona. (Eso sonaba más a virtud que a zoología). -En tiempos antiguos –dijo–, los hombres danzaban con máscaras de jaguar para recordar que la fuerza debía ser sagrada. -Sí, lo interrumpió el Sisimite, pero no decían “soy jaguar”. Decían: “Aprendo del jaguar”. El joven bajando la mirada, titubeó: -Pero ahora nadie enseña eso. Los adultos mienten. Los maestros repiten sin mirar. En casa cada quien habla con su pantalla. ¿A quién debo parecerme? Winston se sentó frente a él. -Mirá, tocayo –dijo con suavidad–. Yo soy chucho. Si es obvio no necesito decirlo. Pero aprendí a escribir porque amaba lo humano cuando lo veía brillar. El Sisimite, añadió: -El animal no es escape. Es espejo. Si buscas al lobo, pregúntate: ¿querés sus colmillos… o su lealtad?

El muchacho apagó la pantalla. -Quiero su lealtad. -Entonces no necesitás convertirte en lobo –respondió Winston–. Necesitás cultivar la virtud que admirás. El Sisimite intuyendo que aquello se estaba pegando como la última moda cosmopolita, quiso abrirle los ojos: -El problema no es que querrás parecerte al animal. El problema sería olvidar que esas virtudes que buscan ustedes en los animales, igual son propias de la dignidad del humano. El joven se quitó el collar de plástico y lo guardó en el bolsillo. -Tal vez no soy lobo –dijo–. Tal vez soy humano… pero no he visto suficientes mayores que valga la pena imitar. El Sisimite apoyando la manota sobre su hombro: -Entonces convertite en uno. Winston movió la cola. -Y si necesitás ejemplo, empezá por practicar lo que tu intuición interna te revela que admirás. El muchacho en cuclillas se erigió; agradeció con un gesto amable los consejos, y emprendió camino a la ciudad, ya sin brillo azul en el rostro. (Moraleja. Los padres en el hogar y los maestros en las escuelas son las figuras que hijos y alumnos toman de ejemplo. Animal quien no entienda su delicada responsabilidad. Quien busca en el animal lo que no halla en el hombre, no necesita dejar de ser humano: ambos, adultos y jóvenes, necesitan aprender a ser menos bestia y comenzar a ser más humanos. El animal guarda el instinto de la vida, y el humano, la conciencia de su destino. Cuando uno olvida su naturaleza y el otro su compasión, nace la criatura más triste del mundo: la que ya no sabe ni aullar a la luna, ni rezar a la luz).

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