HAY quienes quisieran que solo de esos temas –que los medios muelen, una y otra vez, hasta sacarle el zumo a la cáscara del limón– se hablara aquí en esta columna de opinión todos los días. . Y no es por evadir nada, sino más bien convencimiento que mucha gente –atolondrada con esos asuntos de los que se habla y se habla, sin que en el horizonte asomen indicios de alguna solución– lo que ocupa es insumos para su paz interna, terapia del alma y alimento al espíritu.
Pero, además, para animar el día a los que leen del colectivo, con información, cuentos e historias de una variedad de cosas que les ayude a oxigenar la aturdida mente de aire fresco. Después de todo, el más leído autor de estos tiempos, el historiador israelí Yuval Noah Harari, ofrece un paisaje interesante sobre “cómo las historias y narrativas compartidas han sido fundamentales para conectar a los pueblos”.
“La capacidad humana de crear y creer en «ficciones colectivas» –citando su perspectiva en este nuevo libro que estamos compaginando– es lo que ha permitido la cooperación a gran escala y la construcción de sociedades complejas”.
“Lo que distingue a los humanos – arguye el autor– de otras especies es la capacidad de crear y creer en narrativas comunes, como mitos, religiones, leyes y sistemas económicos. Estas «ficciones colectivas» permiten que grandes grupos de personas cooperen de manera flexible, incluso sin conocerse entre sí.
Las creencias como el cristianismo o el budismo unen a millones de personas bajo un mismo conjunto de valores y normas. El dinero es una «ficción» aceptada universalmente que facilita el intercambio de bienes y servicios.
Conceptos como los estados nacionales se basan en narrativas compartidas sobre territorio, historia y cultura”. “Estas narrativas –explica en sus libros– no son meramente engaños, sino que son esenciales para la organización social.
Sin ellas, la humanidad no habría podido pasar de pequeñas bandas de cazadores-recolectores a sociedades globalizadas. Ahora, nuestro rico acervo colectivo. La tradición oral, en nuestro medio, fue el cauce de los mitos, las leyendas, los valores y conocimientos prácticos que fueron transmitidos de generación en generación”.
“Poemas épicos como la Ilíada, o historias fundacionales como el Popol Vuh, que reforzaron la identidad grupal y facilitaron la cohesión social. En pueblos indígenas y comunidades tradicionales, los relatos orales explican el origen del mundo, las normas sociales y la conexión con la tierra.
Los mayas de Yucatán y de Copán conservan su historia a través de relatos transmitidos oralmente durante siglos”. La tradición oral ha permitido a grupos marginados mantener su identidad frente a la colonización o globalización. Los griots en África son guardianes de la historia y cultura de sus comunidades.
(¿Y escuchaste –tercia el Sisimite– a propósito de la tradición oral, que hay un nuevo libro en el horno? -Eso parece –comenta Winston– aquí han estado atareados escribiendo y recopilando material surtido para otra versión parecida a Kairós. Creo haber escuchado que saldría antes de finales de año).


