20.2 C
Honduras
jueves, junio 4, 2026

¿Subieron el ruido?

ESTO no es un hecho aislado. Es parte del ruido nocivo del que venimos advirtiendo. Ese que se transmite por redes sociales y contamina la conversación, el debate público con ataques, insultos, falsedades, chismes, calumnias y una nube impenetrable de conflicto que ha amargado el carácter colectivo, degenerado el comportamiento civilizado de la ciudadanía. Es un ruido que no informa: provoca. Que no convence: ofende.

Que no busca el bien común: sólo busca imponer, arrasar, desacreditar. Es el ruido estridente del ambiente político actual, donde parecer encendido vale más que tener razón, y donde los gritos ahogan los argumentos.

El ruido pernicioso en los bajos del Palacio Legislativo, que a alguien se le ocurrió subirlo y meterlo al hemiciclo, acabó dinamitando la comparecencia del Consejo Nacional Electoral, que respondía invitación —aunque carente del rigor parlamentario exigido a las convocatorias –para exponer el avance —o los percances— del proceso rumbo a las elecciones generales.

Una vez estalla el zafarrancho, entre la gritería, alaridos, silbidos, los empellones, las infantiles regaderas de agua embotellada, las consejeras –protegiendo su integridad física–tuvieron que abandonar el salón, no a falta del discurso documentado que fue interrumpido—ya que, en medio de aquel molote, el recinto no ofrecía las mínimas condiciones de seguridad frente a los colectivos enardecidos.

Bochornoso. Inaceptable. Alarmante. ¿Todo esto es casual, derroche espontáneo de inmadurez, los furores incontrolables, u obedece a una estrategia premeditada? Porque ese episodio no es incidental.

“Es un síntoma visible de una enfermedad más profunda: la degradación del espacio político, la normalización del acoso, y la creciente impunidad del ruido organizado que pretende sustituir al diálogo, al argumento y a la razón.”

No hubo en ese acto ni la paz que el país reclama, ni la claridad de información a la que la gente tiene derecho, ni el respeto que merece el órgano autónomo e independiente que rectora el proceso electoral, y que a diario es objeto de hostigamiento, descalificaciones, y veladas amenazas contra su independencia.

Lo que ocurrió en ese hemiciclo “no es una anécdota parlamentaria: es un signo del colapso cívico que amenaza las elecciones mismas.” En una democracia sana, “el disenso es legítimo, la crítica es bienvenida, y la fiscalización -cuando no es sesgada– es un deber.”

Pero cuando el debate se convierte en acometidas, y la investigación disfrazada en amenaza a la independencia institucional de un órgano que constitucionalmente, en materia electoral, no está supeditado a ningún otro poder, el dilema sería ¿si esos son deslices, la parte cuestionable de una democracia exigente, o una estrategia perversa para destruirla desde dentro?

“Ese “ruido”, que antes retumbaba en los atajos de cerriles montoneras y se disolvía como un eco marginal, ahora pareciese haberse institucionalizado, amplificado y legitimado por quienes no saben —o no quieren— trazar límites entre protesta y sabotaje, entre rendición de cuentas y amenaza.”

Lo más grave es que ese ruido no solo intimida a las autoridades del CNE, al grado de paralizar a ratos las urgencias, desmoralizar a los funcionarios y al personal que trabaja, día y noche, incluso fines de semana, contrarreloj, sacando adelante las delicadas tareas encomendadas. También es veleidosa afrenta contra los votantes.

Desalienta la participación. Erosiona la confianza. ¿No sería pecado capital deshacer el proceso electoral desde su espíritu, sembrando miedo, sospecha, desconfianza, apatía?

“Lo que está en juego no es solo un cronograma o una logística electoral. “Es algo más profundo: la esperanza del ciudadano honesto que aún cree que con su voto la vida le pueda cambiar. Que todavía guarda fe en que elegir a sus gobernantes es mejor que resignarse.

Que piensa, con dignidad, “que la boleta es más poderosa que el insulto y la urna más limpia que la trampa.” “Cuando ese ciudadano ve cómo se agrede a quienes organizan el proceso, cómo se sabotean comparecencias públicas, cómo se intenta deslegitimar preventivamente todo lo que no conviene a ciertos intereses, no solo se hiere a una institución: se hiere la esperanza.”

“Y un pueblo sin esperanza es tierra fértil para el cinismo, la abstención o la violencia.” “Llegó el momento cuando la sociedad entera debe reaccionar. No en nombre de un partido, ni de una ideología, sino en defensa de su derecho más elemental: el derecho a decidir en paz.”

“La independencia del Consejo Nacional Electoral no es un capricho legal: es el candado que impide que ningún conjuro abusivo capture las elecciones.” “Es deber de todos —legisladores, prensa, ciudadanía— blindar su integridad, proteger su función, y restaurar el respeto a su investidura.”

Si permitimos que el ruido imponga su ley, que el miedo calle a la razón, y que la confrontación sustituya al diálogo, entonces no habrá proceso que salve lo que como sociedad ya habremos perdido: la fe en la democracia para el cambio, como recurso innegociable. (“Los pueblos –el Sisimite citando a Maquiavelo–fácilmente se corrompen cuando pierden la fe en las leyes.” –“El ruido –ironiza Winston—ya no es accidente del debate; es su estrategia principal”. “El que más grita, parece tener la razón…hasta que alguien escucha lo que está diciendo”. O al fin descifra ¿por qué tanto grita?)

Más Noticias de El País