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sábado, julio 18, 2026

Subdesarrollo y baja productividad empresarial

Por: Héctor A. Martínez

Verdades amargas, como que somos un país subdesarrollado, forman parte de nuestro ideario nacional. El problema es que esa frase, instalada en el preconsciente, termina explicándolo todo: pobreza, corrupción estatal, menos el subdesarrollo empresarial. Y es ahí, precisamente, donde debemos buscar buena parte de nuestras penurias; de lo contrario, moriremos engañados creyendo que nuestro atraso se debe a la haraganería nacional o porque no nos educaron para ser exitosos.

La baja productividad de un país, como Honduras, ya había sido señalada por los tecnócratas de la CEPAL cuando éramos “cipotes”, allá por la década de los 60. Decían, en esencia, que nuestras empresas arrastraban –y aún arrastran—rezago tecnológico, falta de encadenamiento, poca innovación y debilidad frente a la competencia externa. Raúl Prebisch y su camada de estructuralistas no necesitaban ser profetas; sabían que nuestra incompetencia en los mercados internacionales se explicaba por el conformismo de los empresarios latinoamericanos, cómodos con producir poco y mal.

Buena parte de esa baja competitividad se explica por el proteccionismo estatal que los estructuralistas justificaron en su momento, mientras se superaba la fase primaria y se daba el salto para exportar productos con mayor valor agregado. El problema es que muchas industrias no quisieron dar ese gran salto: se limitaron a producir para un mercado cautivo de clientes poco exigentes. Eso es el paraíso terrenal de unos pocos.

Este tecnicismo es necesario para entender el mal funcionamiento de la mayoría de nuestras empresas en pleno siglo XXI: serios problemas de calidad, mal servicio, empleados poco comprometidos y salarios que desaniman. Aunque veamos modernidad en las redes sociales, en gran parte de los negocios hondureños predomina el atropello al cliente y los eternos desperdicios que encarecen costos y alejan silenciosamente a los consumidores. Por esta razón, recomiendo leer el fabuloso bestseller de Eliyahu M. Goldratt que se llama “La Meta”, para que nos eduquemos un poco.

Eso hace recordarme que son pocas las empresas nacionales que se prepararon para el futuro incierto, que es el presente grisáceo de hoy. Lo sé porque, a comienzos de los 2000, estuve presente en iniciativas como la puesta en marcha de planes estratégicos y el rediseño de los procesos, que catapultaron a varias empresas hacia un sólido liderazgo. De no haberse preparado entonces, los desastres naturales y la pandemia habrían echado por tierra décadas de esfuerzo. Y ahí están: dando la gran batalla. ¿Y qué deben hacer las empresas hondureñas para dar ese “gran salto” que los estructuralistas cepalinos ya habían avizorado y que los libertarios proponen como única salida hacia el crecimiento? Una ruta viable sería la creación de un programa nacional de desarrollo empresarial que integre formación en IA, innovación, servicio al cliente e inversión en capital humano. Segundo, comenzar a “invadir” los mercados externos. Solo así veremos un aumento de la productividad y de la facturación, desde luego. Y con ello, mejores salarios y empleados dando la “milla extra” de la que hablan.

De ese modo dejaremos de repetir que somos subdesarrollados… y empezaremos a dejar de serlo.

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