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jueves, junio 4, 2026

¿Sorprendidos?

ESTA fue una operación militar de extracción quirúrgica de su búnker de un autócrata ilegítimo perpetuado a la fuerza en el poder, persiguiendo y reprimiendo al pueblo, robando elecciones, arruinando la economía y usufructuando para su beneficio personal y familiar los recursos estratégicos del país en contubernio con su mara y sus generales corruptos.

Aunque no sería en época reciente el primer intento de ocupación. Rusia invadió Ucrania y la mantiene arrinconada en una sangrienta guerra prolongada. En 1994 Ucrania firmó el Memorándum de Budapest, el acuerdo de seguridad renunciando a su arsenal nuclear (el tercero más grande en el mundo) “a cambio de garantías de seguridad, independencia e integridad territorial por parte de Estados Unidos, el Reino Unido y Rusia”.

Un compromiso de no usar la fuerza contra Ucrania. (¿Y ustedes creen que si Ucrania se hubiera quedado con su parque nuclear, Putin la hubiese invadido?). ¿Entonces, qué pito toca el derecho internacional –inquietudes planteadas en los mensajes por miembros del colectivo– en las disputas y conflictos entre naciones?: “Cuando dos países pequeños chocan, el derecho internacional actúa como juez”.

“Cuando una potencia choca con un pequeño, actúa como comentarista”. Regresando al problema venezolano. Allá, la gente en su inmensa mayoría pudo testimoniar con lágrimas, como de cierto tiempo para acá, una vez que les cayó encima la aborrecible tiranía: “la justicia tiene razón, pero no siempre tiene fuerza”. O bien que “no triunfa quien tiene la ley, sino quien controla las cachiporras de la policía, los fusiles de las fuerzas armadas y el presupuesto”.

Así que, dudoso si los que con el uso sistemático de la fuerza bruta contra el pueblo han gozado burlando la voluntad popular, disfrutado el drenaje del país, para provecho particular, de sus riquezas patrimoniales, puedan hoy invocar – como si el derecho de los venezolanos no hubiese sido ultrajado con insaciable gula– principios del derecho internacional de la “no intervención”.

Pero ese cordón de equilibrio para unos y otros no es cosa novedosa tampoco. En 1945, en plena segunda guerra mundial, en las conferencias de Yalta y Postdam, las potencias mundiales se repartieron el mundo, dividido en zonas de ocupación. Ah, y de antojo colateral, se inventaron las Naciones Unidas.

La ONU fue creada para promover el dizque derecho internacional. La Carta de la ONU impulsa su desarrollo (a través de la Asamblea General y la Comisión de Derecho Internacional), y sus principios rigen las relaciones entre Estados (paz, soberanía, no uso de la fuerza). Opera bajo su tutela, incluso órganos judiciales como la Corte Internacional de Justicia, solo que Rusia y los Estados Unidos no aceptan su jurisdicción.

Ni China, India, Rusia, Israel o Estados Unidos son miembros de la Corte Penal Internacional. ¿Y en la ONU todos los países que lo integran son idénticos en derechos y su voto vale igual? Pues, quién sabe.

Una cosa son las resoluciones de la asamblea general, donde muchos de los países, aun dentro de una mayoría abrumadora, quedan hablando solos y otra es el diseño del Consejo de Seguridad. Los cinco miembros permanentes (China, Francia, Rusia, Reino Unido y Estados Unidos) tienen derecho a veto, o sea el poder de bloquear unilateralmente cualquier resolución sustantiva, permitiendo a las superpotencias proteger sus intereses nacionales y hegemónicos.

(¿O sea –tercia el Sisimite– que la Carta proclama la igualdad, solo que el veto la corrige? -Otra manera de decirlo –ilustra Winston– “cuando hay consenso, hay derecho; cuando hay veto, hay realismo”.

Es sencillo, no es difícil de entender: “Los mismos que ganaron la guerra ganaron el derecho a decidir cuándo y dónde hay justicia”. Bien dice la sabiduría popular que “a todo chancho le llega su día”. Y sobre lo otro, si hasta ahora se despiertan sorprendidos de estas viejas y crudas realidades, no se mosqueen, vuélvanse a acostar y sigan durmiendo tranquilos).

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