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jueves, mayo 30, 2024

Sociedad en desorden

Sin un mínimo de orden y autoridad, ninguna sociedad sobrevive sin pagar las consecuencias. Orden significa, vale aclararlo, que los individuos se respeten entre sí y que la autoridad intervenga únicamente en aquellos casos cuando afloran conflictos que solo los tribunales pueden dirimir.

Orden significa conformidad con las leyes; desde aquellas que están prescritas en las constituciones, hasta las que se establecen en la escuela, el trabajo o en la familia. Ninguna organización o institución sobrevive sin reglas, o cuando sus miembros transgreden los estatutos de cada colectividad organizada. Estatuir, por tanto, significa ordenar, y ordenar significa acatar.

Nuestra sociedad -lo decimos con pesadumbre-, es una sociedad desordenada en todos los niveles, desde la familia hasta el Estado. Padecemos de eso que los sociólogos funcionalistas suelen llamar como “desorganización social” cuando se refieren al fracaso de las instituciones, a la desintegración de los vínculos entre los individuos y a la pérdida de los controles efectivos que hacen posible que las personas puedan conducirse con normalidad. “Normal”, ya sabemos, es sinónimo de seguir las reglas; de obedecer.

Cuando una sociedad cae en la anarquía completa, y cada uno interpreta las reglas a su manera, es porque el sistema entero está fallando y las instituciones encargadas del control social -la policía, los tribunales y los entes fiscalizadores-, no están funcionando debidamente. De este modo, la gente pierde el temor y el respeto por las consecuencias. Eso se llama desorden social.

Las naciones donde reina el respeto por las reglas, y los actos delincuenciales son una excepción, poseen un rasgo en común:  son sociedades donde el Estado atiende las necesidades de la gente, el sistema educativo es de alto nivel y la economía presenta rasgos de prosperidad y crecimiento. Además, ese mismo sistema educativo y la familia trabajan denodadamente en la trasmisión de aquellos valores que inspiran la solidaridad social. En Escandinavia y en los países bálticos, la presencia de la Policía es asombrosamente escasa, y en algunos de esos países, los agentes del orden ni siquiera portan armas de fuego.

Y es que los clásicos como Voltaire, Rousseau, Helvecio, y varios más, se empecinaron en encontrar una teoría que demostrase que los individuos podían obedecer a la autoridad, refrenar sus pasiones y ser felices al mismo tiempo. Obedecer significaba ser racional y libre: “Obedezco las leyes para no destruirme a mí mismo; las respeto para alcanzar mis ideales”, es decir, el que es inteligente, sigue las reglas; el ignorante las rompe. Es lo mismo que dice la Biblia en Proverbios 1: 7-9.

Las naciones inteligentes siguieron esa pauta racional: para mantener el orden debe haber un respeto recíproco entre los individuos y la autoridad; respeto que solo puede lograrse cuando las condiciones materiales de vida se disponen para que los individuos puedan alcanzar sus ideales más preciados, excepto para el “Déviant”, el desviado, el protagonista de la fatalidad en las noticias de cada día.

Lastimosamente, el apego a las normas y valores, base para una sociedad estable y respetuosa, es difícil de alcanzar cuando el sistema educativo presenta un retardo de diez años, la economía es tercermundista, y los ciudadanos seguimos apostando por un cambio en la ética de los políticos tradicionales.

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