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sábado, julio 18, 2026

¿Sinuoso?

NO es casual nuestra preferencia a distanciarnos del cotidiano ruido de allá afuera que aturde. Nos sentimos más a gusto con las conversaciones retóricas, terapéuticas, alegóricas y hasta poéticas de Winston y el Sisimite, en la serena y majestuosa quietud de la montaña, donde el ser experimenta un olvido vasto y restaurador; la mística liberación del áspero clamor del bullicioso espectáculo citadino. El aire, diáfano, ligero y virginal, llena los pulmones de esa frescura reparadora, del aroma vibrante a leña de ocote, la fragancia floral de la profusión silvestre, con regusto a cítricos, lavanda y albahaca, que dejan una sensación penetrante a naturaleza amaderada. La mirada se pierde en un infinito y ondulante tapiz de verdes imposibles: el esmeralda brillante de los helechos, el oliva sereno de los líquenes, el verde botella profundo de los pinos centenarios. Todo es una apacible y rotunda sinfonía de vida pausada, un remanso de calma absoluta donde el único y delicado rumor es el del viento, suave y arrullador, meciendo cauteloso las copas en un murmullo sin fin, sanador y silencioso. El alma exhausta y pequeña, se abre en la honda plenitud de lo infinito, sintiéndose parte eterna de un enigmático misterio.

El espíritu, liberado de su jaula de hormigón, danza gozoso y feliz con las luces y las sombras que tamizan las hojas, encontrando una paz ancestral y total que ningún ruido osa perturbar. La mente, en un empíreo de cristalina nitidez, aquieta su indefinido y escabroso trajinar, meciéndose en la calma tajante de un pensamiento único y diáfano de hermosura ensoñadora. Los sentidos, adormecidos por el gris y el estruendo, despiertan por fin a una sinfonía delicada y sublime: el tacto que acaricia la textura áspera y viva de la corteza, el olfato que bebe el embriagador y cetrino perfume de la tierra húmeda, el oído que descubre el lenguaje íntimo y manso del agua invisible, en una comunión plena, apacible e inmortal con los ritos sagrados de la vida. Winston –su mirada curiosa, centelleante y despierta– levantó el hocico hacia el Sisimite, que reposaba sosegado, pensativo y grave sobre una roca uliginosa y musgosa: -Sisimite, vuelve la misma narrativa. Escuché que el país se arregla reformando leyes y retocando reglamentos. ¿Eso no será otra vez lo fácil, lo cómodo, el atajo a lo cosmético? ¿Será verdad que basta pulir la letra para curar el alma? -No es la letra rígida, escrita –esta vez el Sisimite con sonrisa aristotélica– la que nos ha empujado al enzarzado desorden, ruidoso y turbulento. El caos erupciona de conductas torcidas, nocivas y reincidentes, de actitudes mezquinas, dañinas y obstinadas, y de esas mañas viejas, vergonzosas y tercas de políticos vanidosos y de la encizañada confusión del ruido vocinglero. Así fueran las mismísimas tablas pétreas de los diez mandamientos, si a quienes van dirigidos los principios morales de comportamiento siguen siendo mentirosos, livianos y ventajosos, terminarán rompiendo también esas piedras duras, rectas y perpetuas.

-Entonces –suspira Winston– ¿lo que urge cambiar no es el papel impreso… el cambio que transformaría el semblante mustio del país por uno distinto y esperanzador sería cambiar los políticos irresponsables por servidores públicos, los léperos por honestos, los mentirosos por quienes digan la verdad, los incapaces por conocedores de los problemas, los impostores por líderes carismáticos, los pirujos por pesos pesados, los improvisados por estadistas? -Diste en el clavo –asiente el Sisimite– échate la moraleja. -Winston con la mirada extasiada en los extraviados confines del monte: “Las leyes pueden ser de mármol, o cinceladas en piedra sagrada, pero si las manos que las aplican son torcidas, y el carácter de quienes las reciban como guía de conducta está viciado, no hay nada que enderece lo sinuoso. Lo que salva a la feligresía no es lo escrito en el papel, sino la conciencia recta de quienes sirven y de quienes, en su andar, caminan orientados por una luz interna ética y pura”).

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