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martes, febrero 27, 2024

SIN VENDAS: Las aguas mansas

Jesús Pavón

Bueno, dijo ella, viendo preocupada el cielo tropical con sus ojos otrora luceros en verano, ahora empañados como presagiando una tragedia. Al ver para arriba, siguiéndola con la mirada, vi nuestro cielo tropical, tan  lleno de vida, tan azul bandera,  adornado con su sol dorado, ese mismo sol que bendice estas tierras con su ardiente beso eterno. Pero esta vez el cielo es el otro cielo, es el cielo de invierno, el cielo gris, frío y eléctrico, el cielo color de vida o de tragedia dependiendo quién lo vea.

Gris tormenta, ventoso y húmedo, por las lluvias gordas, preñadas de agua, para traer el futuro del campesino que ve con alegría ese cielo gris, milpas y frijoles vendrán, sabe él, al ver la lluvia, esa agua que también es la madre de las verdes selvas como volviendo a pintar la realidad del trópico desde siempre, para que retoñe la orquídea y el quetzal vuele a la par de la guara salvaje en el follaje esmeralda. Pero también ese cielo de siglos conocido, el hijo de tormentas y huracanes nacidos en mares lejanos más cerca de la madre África que de la tierra maya que, puntual desde los tiempos de Dioses idos, trae el grito enfurecido de huracanes y tormentas para que luego del caos, luego que ríos tranquilos, empiecen su carrera y salvaje rifa en vida y muerte como siempre ha sido.

Sí, dijo ella preocupada, antes la lluvia me traía paz, su frescor me relajaba, el goteo en la tierra era una sinfonía para mis oídos y el olor a tierra mojada un festín para mi nariz. Pero ahora eso cambió, me dijo, eso ya no más, eso ahora es diferente. Las lluvias ahora solo me traen recuerdos, aún oigo la tormenta terrible que no paraba, los lamentos de mis hijos, aún oigo su mirada de miedo, que gritaba callada en el brillo aterrado de sus ojos, aún escucho los techos colapsando, los llantos de los que se iban a la carrera, dejando tanto atrás, sin saber si volverían, sabiendo que lo perderían todo y hasta la vida si no se apuraban, aún recuerdo, me dijo con mirada ida, como viendo un pasado no tan pasado y terrible por el miedo de su mirada, aún recuerdo la sensación de mis pies en el barro húmedo, la hediondez del agua que todo lo cubría, como una mortaja fría que me envolvía, aún escucho, me dijo, el corazón que se me hizo chinita, cuando nos dijeron que nos fuéramos a la carrera porque el agua venía rauda, siendo solo agua, la que quita y da, porque el bordo colapsó y teníamos que irnos.

Sí, me dijo ella, viendo al cielo, si supiera usted lo que se siente, la pérdida, la angustia de lo que vendrá, la desesperanza, la vida de uno, cómo se queda para el lodo, como una ofrenda a los dioses paganos, esa estufa que uno compró a plazos con tanta fe en pagarla a tiempo y que durara, la “refri” que tanto alegró a mi mamá en su cumpleaños, los juguetes de mis hijos que les dieron felicidad o la ropa que guardaba para esa fecha especial… todo empapado, todo mancillado por lodo y suciedad, todo perdido en ese infierno de barro y agua sucia. Las paredes de la casa que vieron tanto amor, que sintieron el calor de mi familia, volverse frías y sucias, como el cuerpo descompuesto del chucho que encontramos en la cocina, inflado como una broma macabra, dejado, sabe Dios, por qué demonio.

Todavía, me dijo enseñándome el brazo, tengo las cicatrices de las picadas de zancudos, cuando nos tocó dormir en la calle, mojados y con miedo, solo viendo cómo la vida se fue con las corrientes y el llanto.

No hace tanto que paso eso, me dijo ella, por eso aún siento miedo, porque sé que podría volver a ser, porque sé que lo que se pudo hacer no se hizo, lo poco que se hizo se hizo a medias y lo demás solo fueron promesas políticas y transas para inflar las bolsas de los que se suponían harían algo… igual al chucho podrido que estaba en mi cocina. Y ahora, me dijo, vuelven las lluvias, vuelve el miedo, la angustia de dónde voy a salir corriendo, de dónde dormirán mis hijos, qué comerán y con qué se abrigarán y de qué nos va a dejar Dios conservar esta vez. Eso yo sé que no es culpa de la vida ni de Dios, es un ciclo que se sigue, desde que el hombre es hombre, pero ahora es peor, la corrupción una vez más nos muerde, los bordos no existen, los ríos empiezan a rugir y su color empieza a volverse café oscuro, agua revuelta, agua furiosa, que nos asusta. Porque estamos desprotegidos. Ahorita que corre lento el río, aún son aguas mansas, me dijo, triste, con una sonrisa resignada, pero ya empezó a llover otra vez, ya empezó nuevamente.

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