“AYER fui a ver la Odisea –mensaje de una lectora amiga– y me preguntaba ¿a dónde quedaron esas luchas, con hombres de valor y con convicciones serias, apegados a ideales, que solo vemos gente sin apegos, egoístas y sin creencias? Hay que orar para que esta sociedad mejore y no siga perdida en la frivolidad de lo digital”. Ya en editoriales anteriores, a vuelo de pájaro, –con asistencia de la IA– dimos un recuento de la Odisea. Hablamos del famoso poema «Ítaca», del poeta griego Constantino Cavafis, publicado en 1911, una alegoría de la vida: la idea de que el sentido de la existencia no está en alcanzar la meta final, sino en el camino mismo”. “La Odisea narra el difícil regreso a casa del héroe griego Odiseo (Ulises) tras la caída de Troya. Ocurre que mientras él estuvo diez años en la guerra, su viaje de vuelta a la isla de Ítaca dura otros diez años. Tiempo cuando Odiseo y sus guerreros enfrentan múltiples obstáculos enviados por los dioses, como el cíclope Polifemo, las sirenas, y la hechicera Circe. Mientras tanto, en su hogar, su fiel esposa Penélope es presionada por pretendientes que la creen viuda, pero ella teje de día y desteje en la noche, diciendo que cuando acabe el sudario va a decidir. Finaliza la obra con el regreso de Odiseo, quien, con ayuda de su hijo Telémaco, acaba con los pretendientes y recupera su trono”.
Pero está la otra gran obra: “La Ilíada, una epopeya que narra un episodio de 51 días durante el décimo y último año de la guerra de Troya”. Centrada la trama en la cólera de Aquiles, el más grande guerrero griego. Tras una ofensa del rey Agamenón, Aquiles se retira de la batalla, causando terribles pérdidas para los griegos. Su mejor amigo Patroclo muere a manos del troyano Héctor, lo que incita a Aquiles volver a la lucha para vengarlo. Mata a Héctor ultrajando su cadáver. Pero, conmovido por el dolor y las súplicas del anciano rey Príamo, que le recuerda a su padre, decide entregar el cuerpo del hijo al monarca para que pueda sepultarlo”. Obras fundacionales de la literatura. “Son los monumentos literarios más antiguos que se conservan en lengua griega consideradas el punto de partida de la literatura occidental. Utilizadas como fundamento de la pedagogía en la Antigua Grecia, transmitiendo valores, historia y mitología. Establecieron arquetipos narrativos y de personajes (el héroe iracundo, el viaje de regreso) y exploran temas universales como el honor, la justicia, la identidad y el heroísmo. Han sido una fuente inagotable de inspiración para escritores y artistas a lo largo de los siglos”. Tan así que Alejandro Magno sintió una profunda fascinación por estas obras, especialmente por la Ilíada, su libro de cabecera, obsequiado con anotaciones por su maestro Aristóteles que le inculcó el amor por la poesía homérica. Lo llevaba “en todas sus campañas militares para leerlo antes de dormir”. (Y acá cualquier iluso sueña ser como Alejandro, y nada leen –a gusto en la comodidad de la ignorancia– ni con el bocado en la boca, de los editoriales instructivos que enviamos de madrugada).
“Alejandro idealizó y emuló al héroe Aquiles, como un modelo de guerrero. Se consideraba descendiente suyo por línea materna. Usó la imagen de Aquiles y la épica de la guerra de Troya para justificar ideológicamente su campaña en Asia como una nueva cruzada panhelénica contra el «este», y para reforzar sus pretensiones de estatus divino”. (O sea –recuerda el Sisimite– La Ilíada y la Odisea definieron la literatura y la educación de la antigua Grecia y sirvieron como un manual de inspiración y modelo de conducta a una de las figuras más legendarias de la historia, Alejandro Magno. –Fundador de Alejandría –ilustra Winston– donde los Ptolomeo construyeron el faro –una de las 7 maravillas del mundo antiguo– al que aludimos en la metáfora diferenciando el periódico, (La Tribuna), su apego a la verdad, respecto a lo falso en redes y la fugacidad: “Porque un faro no detiene la tormenta; no puede calmar el océano; no puede impedir que haya “moros en la costa”. Tampoco puede obligar a los barcos a seguir su señal. —¿Entonces qué hace? —Permanece encendido. Señala dónde están las rocas, el peligro; le ofrece al navegante una referencia, para que cada timonel decida qué rumbo tomar”).


