Por Mirna Isabel Rivera

La inteligencia artificial (IA) es una herramienta de mucha utilidad, usarla de manera adecuada para que los docentes y los estudiantes potencien sus habilidades es de gran beneficio, pero hay ciertas alarmas que suenan cuando no se hace midiendo los riesgos.
Quizás muchos jóvenes que actualmente cursan una carrera universitaria no tienen la formación necesaria para redactar un proyecto de graduación o simplemente para escribir un correo electrónico. Aunque existen muchos tipos, enfoques y aplicaciones de IA, en la academia su uso es más restringido, un argumento es el riesgo de no saber usarla, que puede traer consecuencias negativas en el desarrollo cognitivo, los aspectos éticos y uno de los miedos más potentes, que el usuario deje de pensar por sí mismo.
Hay estudios cientificos que respalda que nuestro cerebro se podría reducir en la medida que nos volvemos adictos o dependientes a la tecnología, ya existen personas que utilizan sus propios cuerpos para experimentar con implantes tecnológicos.
Hay una comunidad que está creciendo se denominan los “transhumanos”, ellos colocan por voluntad propia chips para mejorar sus vidas. Argumentan que con toda la tecnología existente se pueden crear súper humanos. Lo ven de manera práctica, para que cargar con tarjetas de crédito, teléfono, llaves de la casa y del vehículo, si pueden tener un chip implantado en su brazo, en su mano o en su frente. Estamos ante un mundo totalmente diferente.
Recuerdo que cuando salieron los teléfonos celulares, el Internet y todas las redes sociales que conocemos, en los pueblos más remotos de Honduras, un país en desarrollo, no se tenía acceso a líneas fijas de telefonía y solo algunos canales de televisión y radio emisoras tenían la potencia necesaria para cubrir esas zonas.
Ahora en Honduras hasta en la aldea más remota existe acceso al Internet (con limitaciones) y la mayoría cuenta con un teléfono celular. La metáfora de la “aldea global” de Marshall McLuhan que sugiere que los medios de comunicación pueden servir para conectar, pero también pueden causar tensión es una realidad.
Desde el año 2020, la virtualidad tomó más espacio en la vida académica y laboral, era impensable que se pudiera trabajar remoto, pero la emergencia sanitaria del Covid-19 obligó a tomar medidas y esto abarcó el sistema educativo. Cuando en noviembre de 2022, OpenAI abrió al público el uso de ChatGPT, esto marcó la manera de interactuar con la IA.
Aunque desde el siglo pasado había intentos de hacer accesible esta tecnología, como Eliza (1966) eran más como simuladores, no podían aprender. Lo que hizo diferente al famoso ChatGPT fue la naturalidad conversacional y capacidad de razonamiento. Los anteriores prototipos eran limitados, no existían una IA generativa conversacional.
Para el historiador y filósofo israelí Yuval Noah Harari, “La inteligencia artificial es distinta de cualquier otra tecnología que se haya inventado antes”, llega al extremo de compararla como una amenaza tan letal como la bomba atómica, para él, la IA no se puede considerar como una herramienta, considera que es “un agente independiente capaz de tomar decisiones por sí mismo”.
Este año se dio una noticia propia de una historia de ciencia ficción, Albania nombró a Diella, que signfica “sol” (en albanés) como la primera ministra en el mundo que es una inteligencia artificial, fue ascendida, antes era una asistente virtual y ahora es la responsable de asegurar la transparencia, para combatir la corrupción.
Ese es el futuro que se está construyendo, el sector académico no puede obviar estos hechos, pero para lograr estar acorde a los nuevos tiempos, se debe tener una visión a largo plazo, el futuro basado en la IA es inminente.
Las políticas educativas deben tener como eje transversal la alfabetización digital, sacar ventaja para acelerar el desarrollo cientifico, social y tecnológico, sin quedarse atrás. Entonces, ¿debemos temer o aprender a convivir con la IA en nuestra aula física o virtual? En la tercera parte finalizaremos esta discusión.



